domingo, 28 de noviembre de 2010

Kumiko...decidiendo. Parte K.




Kumiko…decidiendo. Parte K

Esa mañana amanecía con un sol redondo colgando de un azul suspicaz y risueño. El viento recorría levemente las hojas de los árboles y se posaba de a ratos en la cortina blanca que cubría la ventana de mi habitación.
Abrí mis ojos y me acerqué a observar desde el primer piso del cuarto de huéspedes el verde oscuro de los arbustos. Ese domingo mis padres y algunos más se quedarían en la casa de Louis para descansar después de tan larga fiesta.
En el comedor me estaba esperando una rica infusión con pan tostado y mermelada casera hecha por Mary, la cocinera de la casa. En mi descenso hacia el comedor la escalera marcaba cada uno de mis pasos y la baranda de madera acompañaba mi tránsito lento.
Mis pies dieron con tierra firme y fue entonces cuando oí desde un lugar alejado del comedor una voz cálida y precisa que pronunciaba mi nombre.

-Kumiko, buen día ¿Cómo amaneciste?

Busqué la voz que estaba recostada en el sillón de terciopelo y al querer responder, de un modo ingenuo y casi infantil tropecé con una banqueta que se cruzó en mi paso.

-Cuidado no te caigas, ¿Te asustaste? Soy yo René. Hace rato que estoy esperando que bajes.

Sentí sus manos sosteniendo mi cuerpo que estaba trotando por el aire que me separaba del mármol del piso.

-Ya está el desayuno señoritos, nos dijo Mary.

Mis ojos estaban abiertos a un mundo de encanto y cerrados al exterior. Todavía tropezando por la maldita banqueta de mi camino me acerqué a la mesa de la mano de René.

-Me levanté muy temprano para no perder la oportunidad de desayunar con vos, sólo con vos, escucharon mis oídos y se sintieron como en trance.

-Kumiko no dijiste ni una palabra desde que me viste-susurró René en uno de ellos.

Ese montón de palabras atravesaron el conducto auditivo, tropezaron con no sé qué parte de mi cuerpo y fueron a parar como por un tobogán al medio de mi corazón.
Le sonreí.

-Es que me sorprendiste, pensé que ya te habías ido, le dije tímidamente.

-No podría haberlo hecho sin hablar antes con vos.

-Te escucho René, susurré con un aire impregnado en dudas.

El aroma del café que golpeó mi cara somnolienta y la tostada caliente que tomé en mi mano se unieron a coro para despertarme de una vez.
Las palabras de René se asomaban por sus labios, corrían hasta el negro de sus ojos y se quedaban mudas en medio de un desayuno que quería seguir siendo el protagonista de ese momento.
Mary nos miraba desde lejos con una sonrisa de vieja compinche. Retiró lo poco que quedó en la mesa. Le agradecimos por tan rico manjar y salimos al parque

-Te escucho René, me dijiste que querías hablar conmigo, le dije.

Tragó saliva, su azabache atravesó mi alma y tomándome las manos bien apretadas me dijo:

-La semana próxima regreso a mi país, Argentina, y quiero que vengas conmigo.

Emití una voz desarmada y dije:
- Pero esto no es posible, mis padres no me dejarían ir a un lugar tan lejano.

-Yo lo hablo con ellos, no te preocupes.

-Conozco a mis padres te dirán que no.

-Y bueno entonces deberás elegir vos, si lo que tus manos transmiten cuando me tocan y lo que tus ojos callan cuando me miran no es falso, elegirás venirte conmigo igual.

Esa fue una de las mañanas más difíciles de mi vida. Sé que el abuelo me hubiera comprendido, también Louis, pero mis padres seguro que no lo harían nunca.

Mis padres me importaban… y mucho.
Mi vida americana… también.
Pero René…
René… me importaba más que nadie en este mundo.

-Piensa Kumiko, piensa, rebotaban las palabras de Hayashi en mi cabeza.

Ese día debía pensar mucho.

Ese día debía decidir claro.

Ese día no me permitía un error.


GRACIELA AMALFI- 25-11-2010




lunes, 22 de noviembre de 2010

Kumiko...danzando. Parte J




Kumiko…danzando. Parte J

La llegada de las vacaciones coincidía con el fin de clases, era obvio y natural.
Mi primo Louis cumplía sus 21 años y haría una fiesta importante en la casa paterna, en New York. La lista de invitados abundante y variada: Muchos amigos de la universidad, toda la familia y su prima de nombre oriental Kumiko. Mi nombre seguía sorprendiendo a la gente tanto como a mis amigas del secundario desde aquel primer día de clases.
Los preparativos para el cumpleaños se transformaban en trajes, vestidos, puntillas, peinados, pinturas. Todo aquello que hacía resaltar la belleza de damas y caballeros.
El Ford azul se preparaba con brillo y galantería para desplazar hasta la ciudad a los tres invitados de la familia Hayashi, mi familia.
Ese mediodía me acerqué a mi árbol, el árbol que hacía doce años había surgido de una semilla negra y redonda, la más chiquita, la que yo había elegido entre doce semillas distintas.
Tal vez hubiera alguna semejanza entre mi amor genético por los árboles y el significado de mi apellido.
-Bosque, significa bosque-me dijo el abuelo en aquella oportunidad. Una niña de seis años que quería saber el origen de Hayashi.

Mientras tanto la casa estaba siendo cercada por un movimiento inusual, la recorrían tacos y zapatos acordonados, la corbata rayada de papá y el vestido de gasa de mi madre. En el fondo del jardín estaba yo mirando a mi árbol. Sus hojas me hicieron un guiño de despedida y flotaron por un aire de viento suave empujándome a entrar a la casa y a prepararme para la fiesta antes de que empezaran los reproches de mis padres.
Di media vuelta y mis pasos empezaron a trazar un camino hacia la casa, giré la cabeza dos veces y lo vi, ahí, en ese mismo lugar que habíamos elegido el abuelo y yo años atrás.

Papá apretó el acelerador más de la cuenta y el auto salió a plena carrera hasta la ciudad. Teníamos muchas millas que recorrer. No había sido buena la idea de viajar tan tarde. El calor apretaba nuestras ropas en un cuerpo que iba inundándose de cansancio.
Llegamos a la fiesta sobre la hora. Extenuados. Mi cabello había sufrido un desarreglo apreciable, el vestido fue invadido por arrugas y los zapatos nuevos mostrarían un gesto de desagrado a la hora del baile.
En el último de los tres escalones que separaban la entrada principal del salón de la casa, donde se llevaría a cabo el agasajo, estaba Louis. Salió corriendo a abrazarnos.
-Pensé que no llegarían, nos dijo.
Entramos saludando a los invitados. Entre todos sumábamos alrededor de sesenta. Busqué ese negro azabache de unos meses atrás y no lo encontré. Mi cara sufrió la primera decepción de ese verano.

-Y bueno que empiece el baile, dijo mi primo después del brindis.

Me tomó del brazo y empezamos a bailar, mi cuerpo daba vueltas y giraba como loco, mis zapatos querían huir. La música siguió sonando y en medio de un fondo sonoro suave alguien robó mi brazo derecho a Louis y siguió marcando el compás de los instrumentos. Mi cara se iluminó con una dicha enrojecedora y de color seda, al ver ante mí un par de ojos negros que atraparon y enceguecieron mi mirada. Era él, René, el compañero de estudios de Louis.

La música eternizaba el encuentro. Parejas armadas al azar y otras formalizadas encontraron su baile en medio del salón. Yo era feliz.

Los instrumentos apagaron su vozarrón y cada personaje regresó a su asiento. Sólo René y yo dibujábamos en el piso de mármol una música sin oídos y repleta de color. Me olvidé de los invitados, de Louis, de mis padres, de mi yo.
Mis zapatos pedían a gritos salir de su lugar, mi cabello volaba y caía sobre mis hombros en cada movimiento, el vestido lucía como un privilegiado en medio de esa fiesta y mi cintura se sentía agazapada por ese brazo fuerte que me sostenía en cada cambio de compás.
La alfombra roja abrazaba los caireles de la araña que colgaba en medio del salón y ellos, todos juntos, acariciaban nuestros cuerpos con una suavidad incauta y sensual. La música nos atrapaba entre decibeles y do, re, mi. Girábamos en un planisferio hecho para nosotros.
El mundo nos miraba o no. No importaba. Estábamos juntos, René y yo.

-Piensa, Kumiko, siempre piensa-decía el abuelo en mis oídos ausentes.

Ese día fue la primera vez que me enfrenté con el amor cara a cara.
Ese día marcó mi ruta a seguir durante mis próximos años.
Ese día mi vida sacó un pasaje a un mundo desconocido.



GRACIELA AMALFI-21-11-2010

domingo, 14 de noviembre de 2010

Kumiko...fin del colegio. Parte I




Kumiko… fin del colegio. Parte I.

Los aplausos se empezaron a desarmar entre las butacas del teatro. En mis manos apareció un pañuelo blanco con puntillas en los bordes para acariciar la cara mojada con lágrimas que reflejaban mi emoción ante singular puesta en escena.
Miré a mi derecha, ahí estaba Sallie, le sonreí y nos preparamos para salir del lugar con el resto de mis compañeras. Al bajar los escalones que nos separaban de la entrada percibí un choque de una mirada distante posándose en mí. No me negué a su llamado. Mi cabeza se mantuvo en vela y mis ojos color caramelo se cruzaron con un par de ojos negros. Un muchacho no mucho mayor que yo era el dueño de ese negro azabache que me cautivó. Me sonrojé y seguí con mi cara firme y distante mirándolo. Tiempo más tarde me dirían que su nombre era René, argentino y alumno de Harvard. Más tarde también sabría que era amigo de Louis y más tarde aún llegaríamos a vivir situaciones muy particulares.
Llegamos al colegio con el entusiasmo exagerado ante nuestra salida. Nos dormimos muy tarde, no importaba era viernes, y el sábado no tendríamos que madrugar.
Las idas y venidas a mi casa eran cada vez más espaciadas. Yo iba creciendo y mis padres también.
Eran momentos decisivos los que yo vivía por esos días.
Mi padre soñaba con tener una hija médica, el sueño de mi madre era que fuera una concertista brillante.
Los deseos de ellos no fueron cumplidos nunca. Yo admiraba la medicina y mucho más a los músicos, pero eran las letras las que verdaderamente me cautivaban.
“Es una pena que pierda su talento en dedicarse a escribir, tan sólo a escribir” escuché que “la amargada” decía a mi padre la última vez que me fue a buscar al colegio en su vehículo marca Ford recién comprado. Estrenaba auto y estrenaba frustración de saber que su hija, su única hija, su Kumiko, no iba a hacer de su vida lo que él y mamá quisieran.
En el viaje a casa el silencio deambulaba de un asiento a otro, quería escaparse por la ventanilla abierta pero al rozar el aire de la ruta volvía en entrar. La música de la radio intentaba acallarlo y yo también, nos resultaba difícil hacerlo.
Papá dibujaba una cara triste que se enfrentaba a la mía que yacía bosquejada con una melancolía color miel.
“Piensa, Kumiko, siempre piensa”, rebotaban en mi cabeza las palabras del abuelo.
“Pensar para mí es escribir” decía una voz que estallaba desde mi interior enfrentando ese consejo.
“Justamente eso Kumiko, piensa, lee, escribe”, el sonido de un murmullo suave con olor a palabras de abuelo se deslizaba por mis oídos.
“Escritora”, que raro le sonó a mi madre.

-Está bien sé escritora y algo más-me dijo de un modo alejado y tosco.
-Mamá es que ser escritora es todo, que más falta-le dije con calidez y con una lágrima saltando desde mi mejilla a mis labios.

Fueron tiempos difíciles los que tuve que enfrentar con el entendimiento de un descendiente de orientales que magnificaba la ciencia y una americana que enarbolaba la bandera de la música sobre un pedestal imaginario.

La época del colegio quedaba atrás. Sallie seguía con sus clases en el conservatorio, años más tardes recorrería el mundo con sus teclas. Eleanor se consagraría en la investigación científica.
Sólo Kumiko había decidido no tomar el rumbo marcado por los adultos de la familia.
Sólo Kumiko había inventado eso de hacer lo que sus sentimientos desde adentro le gritaban con fuerza y seguridad.
Sólo Kumiko, piensa, lee y escribe.
Sólo Kumiko… y el árbol de su jardín también.



GRACIELA AMALFI, OTRO DÍA DE NOVIEMBRE DE 2010

domingo, 7 de noviembre de 2010

Kumiko...la ópera. Parte H.



Kumiko…la ópera. Parte H.


Ese 17 de noviembre era un día muy especial. Para mí casi enigmático. Doblemente enigmático. Se conmemoraba un año más de la fundación de la ciudad que me cobijaba desde hacía cinco años: Boston, y además esa noche presenciaríamos una ópera.
El espejo de mi habitación me observaba con un gesto cómplice. Tomaba distintas formas según mi pose. Parada enfrente de él mi imagen chocaba en su transparencia y me devolvía una figura delgada y fina. El vestido rojo carmín de terciopelo a media pierna, apretaba mi cuerpo como un amante fugaz, fruncía su tela en mi cintura y estaba acompañado por un par de zapatos negros de tacos altísimos. Los tacos ayudaban a aumentar mi estatura que no era muy destacada. El chal de seda, que me había hecho la tía vieja y arrugada de tanta bondad, me abrazaba y lucía hermoso sobre mis hombros. El atuendo estaba conformado con un dinamismo distinguido, propio de los años cuarenta. Años jóvenes, años de estudiantes, años de nostalgia.
Los rizos de un dorado gastado, como los de mamá, colgaban inquietos formando parte del vestuario.
Por el colegio corrían risas y sonrisas posándose en donde se les ocurriera, en alguna mesita de luz, en una cama o en la cara de nosotras.
Entre la algarabía sobrevolaba un manojo de nervios satisfechos de presenciar la ceremonia previa a nuestro primer encuentro con la ópera. Mezclarnos entre la gente era para las jóvenes una atracción más que maravillosa. Lo soñábamos desde que conocimos la noticia.
El perfume, regalo de mi primo Louis, perdió su encanto de meses y se derramó sobre mi piel, la acarició y emanó su fragancia por todo el cuarto, recorrió la escalera y llegó a la planta baja. Entre gestos y dudas se impregnó en mi cuerpo siendo otro compañero más en esa salida. Salida que a mí se me había antojado llamarla “cita de amantes”. Esto tenía que ver con mis pocos años y con la historia que sería interpretada en el teatro durante esa noche.
Llegó la hora de la partida. Treinta muchachas elegantemente vestidas estaban listas para recorrer las calles de Boston y llegar a “la cita de amantes”.
El telón se recogió de una manera majestuosa y entre decenas de cuerdas aparecieron ellos dos, los amantes. Ahí estaba yo en medio del escenario con un nombre falso “Violeta Valery” y él, “Alfredo Germont” sosteniendo mis manos. La fragancia de Louis lo sacudió haciéndole dar un paso hacia atrás, la suavidad de mi chal lo atrajo hacia mí y nos mantuvimos abrazados hasta que el público se puso de pie para vivar y aplaudir.
Cuando el silencio dio su grito de presente los dos aparecimos en medio de un campo parisino corriendo entre el verde y las flores de colores. Mis pasos y los de Alfredo se chocaron haciendo que rodáramos por el suelo como dos locos amantes.
El silencio, otra vez. Yo sola. Mi enamorado había huido. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas que estaban pálidas y frías. Aparecí en una cama, con una tos violenta. Habitación de hospital con otras enfermas sufriendo sus pesares. En medio de mi agonía reapareció él. Estiró sus largos brazos y me mantuvo abrazada hasta el final, mi final.
Fui la primera en pararme y aplaudir con todas mis fuerzas. La obra magistral de Verdi penetró en mi corazón, llegó a mis entrañas y no quiso irse nunca.
“La traviata” se presentó ante mí como una extraviada que supo amar como yo lo haría alguna vez.
Como lo habían hecho Catherine y Heachcliff.
Como deben amarse dos enamorados repletos de pasión y juventud.



GRACIELA AMALFI- UN DÍA DE NOVIEMBRE DE 2010.

Leyendo en Teatrarte Devoto

Hola. amigos. El domingo 9 de julio, presenté mi libro Las madrugadas de Agustín, en el Teatro Teatrarte del barrio Villa Devoto de la ...