domingo, 10 de julio de 2011

Kumiko... entre rayuelas y cronopios. Parte X



Amigos acá posteo otro capítulo de Kumiko... éste sí es el último on line ... ahora al papel... en poco tiempo... ya llega...jajjajajaa.
Gracias por haber seguido esta historia, que no termina acá...
Espero que esta Parte X, elegida en esta oportunidad, les guste.
Un abrazo enorme.

Boticaria.


Kumiko… entre rayuelas y cronopios. Parte X.



Tomé el colectivo que me dejaba a dos cuadras de su casa. Cuando llegué no podía creerlo. Tuve que detenerme frente a esa enorme puerta de madera con un picaporte inmenso y de bronce. Quedé como petrificada en un lugar desconocido, atónita, ciega, muda. El brillo del bronce me invitaba a entrar. La fachada de color amarillo claro y los dos escalones que me acercarían a ese pedazo de madera, me abrían sus paredes para empujarme al lugar.
Miré mi reloj, el último regalo de mis padres, la hora de la cita había llegado. Cuando llamé a la puerta una señora me invitó a pasar a un pequeño cuarto, que oficiaba de escritorio. En ese lugar había una máquina de escribir sobre una mesa repleta de papeles escritos, otros en blanco y algunos hechos bollos.
La biblioteca me dio la bienvenida con esos autores a los que una y otra vez Cortázar había leído: Poe, Hawthorne, Saki, Jacobs, Foster, Lugones, Quiroga y por supuesto Borges.
Un cuadro, con un dibujo que delineaba la casa más famosa de sus historias, estaba recostado cerca de la ventana. Llamó mi atención, la cantidad de habitaciones estampadas arquitectónicamente, nunca hubiera imaginado una casa tan grande para un cuento. Sólo para un cuento.
Estaba dentro de su mundo, de ese mundo de vuelos. Vuelos imaginados y vuelos reales. Los personajes de sus cuentos me abrazaban, algunos chocaban contra mi ignorancia de escritora y otros me invitaban a tomar su mano para entrar en ese hemisferio distinto, nuevo, sobrehumano. Un haz de luz, dos, tres, atravesaban cada pedazo de mi cuerpo para contenerme en esa magia exasperada y plena. Quise tomar cada página de sus libros, leerlas, releerlas, aprenderlas de memoria.
Un olor a consejos de cómo se hace para reír o llorar llegó con aroma a tinta y papel gastado.
Si dijera, que me sentía estar bailando el vals en mi fiesta de bodas, no estaría mintiendo. La sensación que había experimentado, a mis diecisiete años, cuando me imaginé en el escenario interpretando “La Traviata”, se derrumbaba ante este presente.
Otro cuadro con color a rayuela, un rostro que bien podría ser el de la Maga, un suicidio, una locura, un número olvidado, una tragedia. En ese hemisferio acababa de entrar.
Un montón de conejos blancos y suaves, pero vomitados desde un hombre asqueado de tanta soledad, en una Buenos Aires repleta de gente y hundida en una miseria de mugre y hastío.
Un tigre agazapado esperando mi más mínima distracción para aparecer y atacarme.
Esos monstruitos verdes, amorfos, locos y chiflados como el tango, que no dejan de girar en una milonga triste y pobre, que se burla de amores ajenos
Ese raro azteca que corre sin parar y sueña y suda y recuerda y muere enloqueciendo al lector distraído.
Su mundo me atrapó, me dio vueltas, me hizo despegar hacia un hemisferio nunca imaginado. Un globo gigante me llevaba de un rincón a otro de la habitación.
Puf… el globo explotó y entró el escritor, Julio, el mismísimo Cortázar. Alto, flaco, y con una “r” caída del renglón se dirigió hacia mí y me saludó con un gesto dulce y paternal.
Aterricé de golpe en el escritorio y me sentí como un papel hecho un bollo, para jugar en las manos de ese alguien… o ser tirado para siempre en el cesto de basura.

Graciela boticaria Amalfi.

domingo, 3 de julio de 2011

"Amaneceres VI"... Jueves día de ensayo.




Amanecer VI

Jueves, día de ensayo.


Están las tres historias enmarañadas en medio de instrumentos brillosos y expectantes.

Únicos. Con ganas de ser acariciados y saboreados por esas manos, por esos labios.

Ninguno de los tres elige hablar. Prefieren entregarse a ella, a la música. Ella es quien puede reparar la mala relación con una madre, la rutina de los lunes a viernes y la falta de trabajo.

Los acordes sobrevuelan por toda la sala, se agolpan en el medio, se zambullen, se inmolan.

Con forma de mujer y escapando a un saxo satisfecho sale y se abraza con el trueno de un piano revolucionario para terminar en la alfombra con la percusión de los tambores, los triángulos, los cencerros y la caja también.

Locas las notas, loca la música, locos ellos, loco el tiempo.

El sillón negro observa con satisfacción semejante espectáculo y le guiña un ojo a la pared recién pintada que mira desorientada para todos lados. Los mosaicos crujen al compás de las melodías, crujen y saltan siguiendo un compás que se inventaron. La biblioteca los aplaude.

Martín, Malena y Alejo entran en un éxtasis frenético que los envuelve y acurruca y protege ante tanta incomprensión. La noche se hace eterna. Ellos ríen, se agitan, se marean. La música, sólo la música los lleva a ese nivel de entusiasmo.

La pasión, la música. Sus oídos se llenan de colores que garabatean formas inusuales e inventadas, pero formas al fin.

No pueden frenar. El show no quiere acabar.

Desde la última butaca alguien grita un “bravo”, febril y embriagador.

Los tres se alinean y saludan a ese público que supo penetrar su inmensidad.

Ese público que supo comprenderlos más allá de una madre loca, un trabajo de todos los días y una ex-pareja complicada.

Amanece… otra vez.

Pena de tener que enfrentar la vida sin el saxo, el piano y la percusión que acompaña.

Pena que hoy al reloj se le ocurrió marchar a tiempo.

Graciela "boticaria"Amalfi. 2011.


lunes, 27 de junio de 2011

Amaneceres... de Milena.




Amaneceres... de Milena.

Milena llega al viernes rápido y corto. La noche la abunda y va al pub de siempre. Ahí donde se divierte con su gente amiga. Esta noche le toca exponer sus pinturas. Las eligió desde hace dos semanas. Sus tres pinturas preferidas, la del viejo sentado en el sillón con su bastón, la de los caballos levantando polvareda y la del barco arribando a una isla desierta.


En medio de una tormenta que algún dios olvidó desatada, las olas se hacían gigantes y chocaban y apretaban a un barco perdido en medio del mar. Y una isla que se ve desde lejos, llena de árboles, con bordes de arena y algún habitante. Y encalla en esa tierra del Caribe y se hace grande y la choca y la aprieta. Una isla y un barco sin colores se mezclan entre negros y blancos y grises y pasteles para terminar estampados en un lienzo rectangular. Ese mismo lienzo que ahora está a la vista de todos. Chocando las miradas, apretando los tiempos y agrandando su tamaño ante cada ojo que se interna en su mundo.


En medio de una lluvia enloquecida y muda, el viejo descansa en su bastón, y mira, y duda y teme. Miedo al agua que cae con fuerza y golpea en un vidrio arrugado y sucio o quizás temor a una vida también llena de arrugas y mugrienta. El sombrero lo protege de las gotas más veloces y de las miradas con sol de otro día. Y piensa, y calcula y fantasea. Su sueño es atrapado y quedó para siempre en otro lienzo rectangular. Y ahora todos lo miran, y lo piensan y le temen. El viejo no sabe qué hacer, quedarse ahí en medio de la exhibición o escaparse silencioso ayudado por su bastón y su sombrero.


En medio de la tierra revuelta y arrebatada corren los caballos. La última competencia está por llegar a su fin por lo que deberán lucirse y no quebrarse y no caer y seguir en un vuelo rodeado de polvo y azul y olores y sabores de todo, de mucho, de lo que saben. No es la primera vez… será la última, por lo que deben llegar enteros a la meta. Son blancos, son tres, son negros. Son los caballos enceguecidos por ese lienzo que los aprisionó en un rectángulo y no los deja seguir. Intentan salir, atravesarlo, pero no pueden. Quisieran ser viejo con bastón y sombrero o a lo mejor un barco sin colores. Ya no quieren ser caballos, ¿Para qué?, si saben que nunca llegarán al final.


Las felicitaciones por tres se multiplican y Milena ríe y disfruta y se divierte. Se divierte ahí con sus amigos, los de siempre, los que saben pintar con acuarelas multicolores su mundo de desayuno, trabajo y facultad. Rara rutina impregnada del arco iris entero y sin mezquindad, del arco iris que sabe hacerla feliz otra noche más… hasta un nuevo amanecer.


Graciela boticaria Amalfi- Un amanecer de mayo de 2011.


domingo, 19 de junio de 2011

Feliz Día del Padre.



Para todos los padres vaya mi abrazo boticario en este día... y el más grande y especial para mi papá...
Acá comparto un cuento que escrbí hace unos años, que tiene que ver con algunas cosas de la vida de "Pochito", y otras son sólo un poco de ficción. La historia está basada en lo que escuché en mi casa desde chica...

¡ FELIZ DÍA DEL PADRE !



La fonda del niño.



Corría el año 1948. Hacía apenas un mes que Pedrito cumplía sus diez años.
- Pochito, levantate se hace tarde-, lo despertaba su madre Eulalia, todos los días a las seis y media. Había que apurarse porque aún estaba muy oscuro en el pueblo. Sin luces en las calles. El niño, esperaba la potente luz del tren, que pasaba siempre a la misma hora por la vía que estaba a media cuadra de su casa. Ese penetrante resplandor, le permitía recorrer las tres cuadras hasta la estación, sin tropezar con alguna piedra o cascote del suelo irregular.
“Pochito”, como lo llamaban todos, no tomaba ese tren. Sólo aprovechaba esa energía luminosa que le marcaba el camino hasta la fonda del pueblo. En ese sitio trabajaba el pequeño. Tenía que hacerlo, porque en su casa había tres hermanos muy chiquitos con mamá y papá. Además estaba por nacer la quinta hermanita. Costaba mucho mantener a toda esa familia con el humilde sueldo de su padre, policía del pueblo.
La fonda era un verdadero centro comercial. Allí llegaban todos los pueblerinos y gente de campo adentro, para comprar comestibles y llevar a sus ranchos. También pasaban un rato con sus amigos jugando un partidito al truco. Bebiendo una o dos ginebras, las que calentaban el espíritu, en esos inviernos tan fríos.
La actividad empezaba muy temprano, tempranísimo. Muchos de los visitantes eran los mismos tamberos. Luego de dejar la leche recién ordeñada en la enfriadora de una fábrica muy importante, se iban a la fonda del lugar. Hoy, “la fábrica”, como todos la llamaban, ya no existe. El crecimiento de las ciudades de alrededor hizo que ya no hiciera falta.
Pedrito ayudaba con todo lo que le pidieran: acercaba el maní a las mesas, la botella de ginebra con la etiqueta conocida por todos, varios vasos para llenar, alguno que otro cafecito. Colaboraba en preparar los productos comestibles, que los caballeros llevarían a sus casas. Era el único lugar del pueblo que tenía teléfono. Este era otro trabajo del niño: solicitar línea para los clientes a una central telefónica, ubicada a veinte kilómetros del lugar. Por esos años no era común hablar por teléfono, sólo por alguna emergencia o trámite.
Los visitantes llegaban al poblado en sus carruajes conducidos por caballos. Pedrito los ubicaba a todos estratégicamente para que ninguno se quedara sin espacio . Después se hacía necesario limpiar la bosta de esos animales. Parecía que ese ámbito era el sitio preferido por los animales para hacer sus necesidades fisiológicas. El niño iba de un lado para el otro sin parar. Alguno que otro cliente le daba cinco o diez centavos de propina.
Casi no tenía sueldo: un mate cocido con leche bien caliente con pan, por la mañana, y un rico plato de sopa al mediodía, antes de ir al colegio. El escolar estaba cursando quinto grado, era muy buen alumno. Eso afirmaba su maestra Filomena y la directora Adelaida, de la Escuela Nº 19. Única en el pueblo. Hoy todavía pasan por sus aulas los pocos niños que viven en esa población. Al colegio iba desde las doce hasta las dieciséis. Terminaba la clase y pasaba corriendo por su casa, ubicada entre el colegio y la fonda. Le daba a su madre las pocas o muchas moneditas recogidas durante toda su mañana, y volvía otra vez a su trabajo.
Ahora estaría ahí hasta las siete de la tarde. Coincidía con la vuelta del tren regresando desde la Capital Federal. Nuevamente el niño utilizaba la intensa luz para llegar a su casa…
¡Qué agotador había sido su día! Al menos los sábados y domingos no había colegio. Ah! y los domingos el pequeño empezaba su actividad recién a las nueve de la mañana.
Emocionante fue... cuando le tocó el turno de llevar la primera bandeja con cuatro copas de vino a la mesa de unos forasteros. Sus manos estaban temblando, nadie lo notó. El utensilio plano de acero inoxidable fue colocado perfectamente sobre el mueble. No se cayó ninguna gota de la colorida bebida alcohólica que contenían sus vasos. Valió la pena esa iniciación, los “extranjeros” le dejaron dos pesos de propina. ¡Qué buen día fue ese! Nunca olvidó esa fecha: siete de septiembre. No hacía tanto frío y estaba por llegar la primavera.
El sábado siguiente se permitió dar tres vueltas en la calesita pueblerina. La suerte estuvo de su parte y agarró la sortija por lo que pudo dar una vuelta más. ¡Bravo! Y así transcurría su vida: entre la fonda y el colegio, el mate cocido y la sopa, el tren… y su luz.
Pedrito cumplió sus diecisiete años, un veintitrés de febrero. Era un muchacho. Decidió irse del pueblo a una ciudad más grande. A la ciudad de La Plata.
Aún seguía pendiente del mismo tren de años, pero ya no corría al lado de la máquina con su luz emergente. Tomaba el papel de pasajero. Sentado en la clase pullman hasta llegar a la gran ciudad. Estudió. Regresó al pueblo con veintidós años. Graduado.
No podía olvidar su fonda, a la que visitaba siempre.
Hoy a sus 75 años, añora que ese lugar, su lugar de antaño, ya no exista. La muerte se llevó a la fonda. Como se lleva a todas las vidas de este mundo…

Graciela boticaria Amalfi.
Publicado en 14ª Torrente Nacional de Cuentos/Ediciones baobab/Buenos Aires/2008

viernes, 17 de junio de 2011

"La novela y el terror"/ "Des palabras armando".





Amigos del blog boticario... acá va el Capítulo J de mi libro "Des palabras armando", con el cuento: "La novela y el terror".

Espero que les guste, los que tienen el libro y ya lo leyeron pueden volver a hacerlo y todos los demás pueden leerlo por acá.

Les dejo un abrazo y como siempre un GRACIASSSSSSSSSSSSSS por visitar mi blog. Este blog que hago para todo aquel que quiera visitarlo.

Un inmenso abrazo BOTICARIO...


J

La novela y el terror

"Juntos la noche y yo", pienso.

Todos duermen en casa. El perro no ladra desde hace un rato. La tortuga se acomoda en su rincón preferido del parque. A mis pies está sentado Francisco, un gato gordo y perezoso. En el invierno es un acolchado confortable, en el verano me vienen ganas de pegarle una patada y mandarlo al patio, al living, al mundo. La tranquilidad es plena.

"Bueno, y ahora qué...”

Me siento en este viejo sillón de color negro, del negro de un miedo derramado. El mismo de siempre. El sillón emite un chirrido ensordecedor y tajante cada vez que se desliza. Siempre leo hasta muy pasada la medianoche. Sola. Cuando afuera está oscuro, oscurísimo. Y adentro todo huele a penumbra. Mi compañía es el gato. Y en todos esos momentos aparece un ruido con color a terror. El ruido empieza a hacerse sentir. Atraviesa mi piel, sin pedir permiso. Recorre mi cuerpo como si caminara por mis huesos. Me remonta a mi infancia y el correr frenético del viento avasallando todo a su paso, ese tiro disparado al aire, un grito desesperado pidiendo auxilio, los cuentos de ladrones de niños en el campo. El miedo se perpetúa en mi mente. Terror, miedo, pánico. Lo aguardo cada madrugada como el trueno ensordecedor después de la luz. Lo espero dubitativa, insegura, temblando. El sonido aparece cada noche y se presenta profundo, penetrante, insostenible.

Cuando la máscara de pánico desaparece para hacerse realidad salgo de mi escritorio. Enciendo una de las luces, el lugar se ilumina, el ruido corre y se va. Vivo varias veces esa secuencia de ruido-terror-luz. Me esfuerzo de forma in­huma­na para compenetrarme en mi lectura. Julián sigue durmiendo, los chicos también. Sostengo la novela entre mis manos, no logro entrar en ella, ni entro ni salgo. Me estanco en esa página. Todo me paraliza. Hasta las agujas del reloj parecen cercadas por el maldito. Cierro los ojos, intento discernir de dónde proviene. Cesa unos minutos y retorna. Retorna cargado con todo el terror de siempre. Con furor, con fuerza, con firmeza.

El ruido avasalla mi tiempo, mis letras, mi mundo. El terror me tiene rodeada, rodeada a diestra y siniestra. Me inmoviliza. Quiero leer, las hojas se me hacen blancas, no hay renglones ni letras. Todo se enmudece. Oscuridad, silencio.

Cuando el gato se aleja de mí, el ruido llega a su punto culminante. Proviene de la casa, ahora estoy segura. Está ahí, en algún lugar. Me asfixia, me ata a la negrura nocturna. No puedo sostener más esta situación. Resignada intento mi lectura. Ni siquiera puedo distraerme con la mancha de humedad que aparece encima de la biblioteca, formando una figura similar a la de un dragón.

Luego de varios párrafos y dragones frustrados: El misterio. El animal gordo y perezoso está en la cocina, muy despierto. Me acerco y lo veo agazapado, sobre una rata negra, grande. Ese cuerpo y la cola larga me provocan náuseas. Mi susto me paraliza. Emito un grito desgarrador que no logra salir de mi garganta. Enmudezco. Miro. Tiemblo. El gato, cretino y sucio, en lugar de estar atacán­dolo está viviendo con el roedor una situación amorosa.

¡Ése era el ruido!

El gato trucho y la puta de la rata.

Agarro lo primero que tengo a mano, un palo de amasar. Intento separar a los animales. No lo logro. Siguen unidos por su pasión. Tomo una espumadera medio rota, la sartén sucia de la cena. Con todo esto en mis alborotadas manos pego para todos lados. Tiro todo por el aire. La lucha es en contra de los dos enamorados. La rata trepa por la ventana que está semiabierta en la parte más alta de la cocina. Escapa, escurridiza y rápida. El gato queda desma­ya­do contra el rincón del aparador inglés.

Ahora Francisco vive su vida triste y angustiado. Su amante ya no está.

Al fin logré liberarme del ruido, del espanto, del terror.

La novela elegida y la plenitud nocturna son mías para siempre.


Amalfi, Graciela

Des palabras armando. : desde la A hasta la Z. .-1 a ed.-CABA : el autor.2011.

84 p.; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-33-0746-1

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título

CDD A863

Fecha de catalogación : 06/06/2011


Contacto con la autora:

gracielaamalfi@gmail.com

www.boticaria-graciela.blogspot.com

www.facebook.com/boticariaclubdecuentos



lunes, 13 de junio de 2011

13 de junio : Día del escritor...




En Argentina fue instituido el 13 de junio como el Día del Escritor por la SADE (Sociedad Argentina de Escritores). Motivo: Homenaje al nacimiento del escritor Leopoldo Lugones, quien además fue el fundador y el primer presidente de esta Sociedad.

Vayan mis felicitaciones a todos mis amigos escritores y este cuento del gran Julio Cortázar.

"No se culpe a nadie"

El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.


Fuente : http://www.juliocortazar.com.ar

Graciela boticaria Amalfi.


miércoles, 8 de junio de 2011

Feria Indumentaria, Arte y Diseño en Caballito.


Mi libro "Des palabras armando" y yo estaremos en un stand el DOMINGO 12 DE JUNIO DE 15.00-20.00 HORAS en la Feria de Indumentaria, Arte y Diseño en Caballito/Flores.

PUMACAHUA 288 casi Pedro Goyena .


ENTRADA LIBRE Y GRATUITA.

LUGAR CERRADO. ES UNA CASA DE DOS PLANTAS QUE SE ADAPTA PARA LOS DISTINTOS STANDS.

Domingo 12 de junio de 15.00-20.00 horas ...En la Feria de Indumentaria, Arte y Diseño en Caballito podés recorrer los stands con prendas presentadas por sus diseñadores, sorprenderte con obras de arte de artistas ahí presentes... chusmear/ver/ comprar/... un domingo a la tarde... una linda salida.
Los invito a hojear, mirar, leer y/o comprar mi libro.

Ahí estaré con mi libro de cuentos cortos. Boti-abrazo :-)
NO SE OLVIDEN EL DOMINGO NOS VEMOS..............GRA BOTICARIA :-)

lunes, 30 de mayo de 2011

Rally boticario: Fotos/ relato... y más.






Rally boticario del 28/29 de mayo de 2011.

Amigos este rally tuvo su PRIMER PARADA en el Café Literario "El Arcón", desarrollado en el Café "Bien Bohemio" considerado de interés cultural por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Ubicado en Sánchez de Loria 745. Coordinado por las escritoras : Ana María Sanchis y Enid Pereda Girón. Participamos en el V Festival Internacional Palabra en el Mundo, recibiendo cada lector un certificado por este motivo.
La 7º presentación de "Des palabras armando" contó con la lectura de tres cuentos del libro. "Mi hermano mayor" (pág. 43) relatado por Antonella Postiglione de 9 años hija de una amiga y "Las tres lanchas y yo" ( pág. 25) y "Autobiografía microscópica" (pág.45) , éstos ultimos leídos por mí.

SEGUNDA PARADA ... tuvo lugar en Clarence bar, Gurruchaga 1417, en el 4º y último día del Ciclo "Sábados místicos poéticos musicales", organizados por Luciano Ave Manolo y Eric Thiemer. Acá leí una parte de una serie de relatos "incipientes" a los que se me ocurrió llamar "Amaneceres" (hasta nuevo aviso, ja)... 4 personajes, leí algo de la historia de dos de ellos... más abajo y a pedido de amigos FB posteo uno.

TERCERA Y ÚLTIMA PARADA: La F.L.I.A. ( Feria del libro independiente), llevada a cabo en el Parque España, Santiago del Estero y Av. Caseros. Acá estuve vendiendo algunos ejemplares de mi libro... hermoso lugar... hermosa gente... aguante la FLIA!!!

Dejo una foto de cada lugar... gracias a los que estuvieron... a los que están ahora del otro lado de la pantalla... y yo seguiré a mis palabras desarmadas adonde ellas quieran llevarme.

GRACIAS POR LA LECTURA... GRACIAS POR VISITAR MI BLOG.
UN ABRAZO BOTICARIO MÁS QUE INMENSO...

Amaneceres de Graciela "boticaria" Amalfi....

Amelia descansa en el sillón negro y cómodo de su living. Escucha su música preferida: jazz. Cada nota musical la siente suya, la arruga y la funde entre sus manos.

Se levanta para tocar el saxo que ya conoce el sabor de sus labios.

Los diarios en el piso con su nombre escrito en un lugar destacado llegan a conmoverla. Lee y relee las notas periodísticas de un pasado no muy lejano. Suena el teléfono, prefiere no atender, supone que es para concertar un nuevo reportaje.

Sabe que los vecinos oyen sonar su saxo todos los días, sabe que les molesta, no le importa. Todos conocen que ella es la famosa Amelia O´Higgins y por eso callan. Tener a una artista de su envergadura tan cerca debe ser un honor para cualquiera.

Piensa, la mujer piensa.

El correo postal, los mails, las redes sociales, se ahogan con su nombre. Ya es muy tarde, basta de saxo, de periódicos y de correos inventados.


Amanece.


Mañana amanece otra vez.

Levanta la persiana del living, sale a la vereda, saluda a su vecina Ana.

Amelia no entiende que su mundo no existe ahí afuera.

El mundo sabe que ella vive historias desdibujadas e inventadas por su imaginación. Cierra la puerta y en el living deberían aparecer otra vez su saxo, sus periódicos y las letras grandes con su nombre.

Pero no… hoy no aparece nada.



lunes, 23 de mayo de 2011

Bien Bohemio/ Clarens pub/ 17º FLIA/ "Des palabras armando".


RALLY BOTICARIO 28/29 DE MAYO DESDE LAS 18.00 DEL SÁBADO HASTA LAS 18.00 DEL DOMINGO....

SIEMPRE ENTRADA LIBRE Y GRATUITA.
SIEMPRE UN GUSTO QUE ME ACOMPAÑEN.
SIEMPRE ME GUSTA VERLOS.
SIEMPRE LEER ES MI OASIS PREFERIDO.
SIEMPRE... MI LIBRO Y YO :-)

AMIGOS ... MI LIBRO Y YO... LOS ESTAREMOS ESPERANDO.............
ACÁ LES DEJO MI RALLY DEL PRÓXIMO FIN DE SEMANA.......GRACIASSSSSSSSSSSSSSS

Y...se viene el rally boticario con el "Des palabras armando".....

1º Sábado 28 de mayo a las 18.00 en Sanchez de Loria 745/CABA. Café literario "El Arcón". Presento mi libro otra vezzzzzzzz.......leo un par de cuentos..........Hay micrófono abierto........Escuchamos y leemos.....algo de música también habrá........ y algún cuentito de regalo para que se lleven a su casa.........y si quieren comprar el libro también............ja ...

2º Sábado 28 de mayo a las 22.00 aproximadamente en Gurruchaga 1417/ Clarens Pub/Palermo Soho/ CABA en el Ciclo "Sábados místicos poéticos musicales" organizado por Ave Manolo y Eric Thiemer.........Acá leo un par de cuentos........habrá músicos y poetas... También se pueden llevar un cuentito de regalo a su casa y.......si quieren comprar un "Des palabras armando"..........ja


3º Domingo 29 de mayo a partir del mediodía...........estaré en la 17º FLIA CABA.........Av. Caseros y Santiago del Estero.......ahí vendiendo "Des palabras armando"........y si quieren también se llevan un cuentito de regalo a casaaaaaaaaaa.

NO HAY EXCUSAS AMIGOS.........EN ALGÚN MOMENTO DEL FIN DE SEMANA NOS VEREMOS...¿ NOS VEREMOS???????? ja ja ja
TODO CON ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

viernes, 20 de mayo de 2011

"Cementerio sin viernes"







"CEMENTERIO SIN VIERNES".

AUTORA: GRACIELA “BOTICARIA” AMALFI.

Buenas y particulares noches. Noches como tantas otras en el cementerio del pueblo.
Juan cumplía las funciones de sereno. Sereno de todos los días, salvo los viernes, éstos eran sus días libres. Siempre hacía el mismo recorrido; iba desde la puerta principal hasta el final del pasillo izquierdo, desde donde podía ver de lejos la tumba que prefería. Después caminaba hasta las bóvedas; en las que “descansaba en paz” la gente rica del pueblo.
Pero había un lugar que dejaba para el final. Era el nicho en donde se podía ver la foto de una mujer. Foto gastada, sin colores, roída por el tiempo. Foto de una mujer de la que Juan se enamoró. Él la miraba, la acariciaba, la deseaba, le hacía el amor. Vivía su romance todas las noches… menos los viernes.
Para el encuentro había preparativos especiales. Se cambiaba de ropa. Se ponía su traje azul marino y los zapatos negros. Cada noche aparecía con una poesía distinta, propia, o de otros.
Ahí estaba el secreto, él imaginaba que su enamorada necesitaba ser sorprendida todas las noches y no podía dejar nada librado al azar. Cada detalle de su presentación merecía una completa entrega. Esa entrega que se consumaba como un ritual.
Luego del encuentro, reía de felicidad y su transpiración perlaba su frente. Nada de lo que sucediera en el mundo le interesaba. Nadie lo veía.
Sólo la foto y él. Él y la foto.
Las noches tenían lunas, lunas de sudor, lunas de pasión, lunas de secretos. Las tumbas emitían chillidos de envidia al ser alcanzadas por el olor de Juan y de esa mujer muerta. Juan y esa mujer otra vez estaban juntos. Otra vez amándose en ese cementerio de pueblo.
Todos los días, menos los viernes. Esos viernes en que la luna se iba a otro cielo buscando a otros amantes, un cielo que se arrugaba y sentía la ausencia de su luna.
Todos los viernes la foto de la mujer caía del nicho y rodaba por las tumbas y era arrastrada por el viento nocturno.
Todos los viernes el hombre lloraba por la falta de esa mujer, su foto y su cementerio.




Publicado en "Des palabras armando", capítulo B, página 11. 1º edición. 2011. Co-edición Milena Caserola y ) el asunto (

lunes, 9 de mayo de 2011

Kumiko... en el sur. Parte S




Kumiko… en el sur. Parte S




Ese día se cumplían tres años de mi primer beso. Un momento de despedida ausente. Se presentaba el año 1962 con su psicodelia y los Beatles a punto de nacer al mundo de la música.

Mis amigas Sallie, Eleanor y mi primo Louis empezaban a enviarme discos de pasta recién editados en el país del norte.

Marcelo y yo vivíamos nuestras horas en un sur argentino que nos acurrucaba con maderas encendidas.

Mi relación con Victoria Ocampo siguió a pesar de la distancia y el tiempo transcurridos. Yo le enviaba mis cuentos por vía postal y ella atenta siempre respondía con correcciones que animaban a seguir mi camino por la escritura. El día que recibí su carta anunciándome que publicaría tres de mis cuentos en la revista “Sur” sentí unas ganas locas de empezar a correr y largar todos los sentimientos al aire.

Salí de la casa y grité. Sí, grité como una loca reviviendo una alegría.

Marcelo compartía mi felicidad, la disfrutaba y le gustaba verme así. Disfrutaba ver mi sonrisa, mi grito, y toda yo.

Sus oídos y los míos estaban acostumbrados al repicar de las teclas de la Rémington. Él sabía respetar mis espacios y acompañarme en mis gustos. Su trabajo y mis historias inventadas se llevaban bien.

El paisaje nos contemplaba y parecía satisfecho por nuestro lugar ahí dentro de él.

Vivíamos en una casa muy pequeña desde donde veíamos el cerro Piltriqritón. En realidad el cerro parecía habitar nuestro living, se erguía como un héroe en ese pueblo a quien alguien le puso un nombre: “El Bolsón”, pronunciado por primera vez en 1926.

Marcelo seguía con su música y daba clases en el colegio del pueblo.

Los habitantes no eran muchos. Todos nos conocíamos. Qué singular contraste existía entre nuestro lugar y la Buenos Aires que me había recibido tres años antes. Marcelo había nacido en ella hacía veinticinco años. No la extrañaba para nada, yo menos.

El Bolsón tenía una magia particular, de esas magias que envuelven y saben abrazar.

Teníamos un perro, Teo. Con su encanto logró que lo adoptáramos en nuestro pequeño mundo. Teo esperaba el regreso de Marcelo todos los días y acompañaba a mi Rémington y su lenguaje. Yo tenía todo el tiempo que quería para escribir, tener contacto con la naturaleza que abarcaba mi vida y no deseaba soltarla.

En el patio había un arbolito al que yo cuidaba con verdadera pasión, recordando al árbol de mi infancia, de la casa de mi abuelo. Ese árbol ahora de tallo grueso al que le había confiado trozos de mi vida.

A una cuadra de casa vivía un amigo recién llegado de la capital. Se llamaba Rubén y sabía lucir su pelo largo y con rulos. Era músico y poeta, por lo que no resultó difícil hacerse amigo de él.

Rubén nos prestó algunos libros. Yo, especialmente, me los devoré. La lectura y la escritura invadían mi tiempo y yo no les cerraba la puerta. Los tres nos juntábamos casi todas las noches a leer, hacer música y charlar. Al grupo se fue agregando gente. Así se sumaron: Andrés, Cecilia y Lisandro, los tres vinieron de Rosario para radicarse ahí.

Rubén era el líder del grupo, un personaje transparente, tan devoto de sus rulos como de la cerveza. Lo elegimos sin preguntar para que llevara el timón de nuestros mundos nocturnos. Si bien yo había leído algo de filosofía clásica de esos años y otros, nuestros rulos de amigo podían lograr desmoronar toda una pared levantada y revocada con sus palabras. Marcelo también lo admiraba.

Cecilia era pintora plástica, tenía mi edad y Lisandro un fotógrafo de profesión que prefirió dejar su mundo entero en Rosario para llegar a armar el rompecabezas de algo nuevo en El Bolsón. Hacía dos años que se conocían. Los padres de Cecilia nunca comprendieron como su única hija prefirió fugarse con ese “cámara” y olvidar su vida cómoda.

Lisandro era el mayor de nosotros seis, en unos días cumpliría sus treinta años. Había traído tres cámaras fotográficas profesionales y las mostraba con el mismo orgullo que yo a mis escritos.

Andrés había estudiado psicología en La Plata y a él nunca lo llegué a descubrir. Nunca supe por qué se había venido a este pueblo pequeño del sur con su carrera a pasos de ser terminada. Con Marcelo le dimos hospedaje en nuestro living durante varios meses, pasados los cuales se fue a vivir a una casa en medio del campo a unos diez kilómetros de El Bolsón. Ahí estaría como ayudante en una estancia. Antes de su huída de casa presenciamos muchas discusiones filosóficas y políticas entre él y Rubén. Nuestro pelilargo, y digo nuestro porque así lo sentíamos, apoyaba al hipismo incipiente, a sus ideas de vida en comunidad, del compartir con el resto, de la paz y del amor. Andrés no parecía estar muy de acuerdo con toda esa teoría. Alguna vez Rubén le gritó:"Vos y tu psicología barata que se olvidan de lo básico de la vida”.

Los libros de cabecera del casi psicólogo abarcaban a Lacan en su totalidad y su manifiesto de que el hippismo era un modo inexistente de vida. Su cara prolijamente afeitada parecía desgranarse en cada discusión y perdía su forma. Su psicología no lo llevaría a buen puerto.

Cecilia y Lisandro preferían no participar en las charlas sino sólo como espectadores. Unos meses después nuestro amigo fotógrafo llegó a asombrarnos cuando nos mostró algunas fotos tomadas en esas charlas nocturnas. Cecilia había usado su tiempo en pintar algunas de esas situaciones. La mirada de todos, excepto la de nuestro psicólogo, era tranquila y descansada.

Creo que conocí más a Andrés observando con detenimiento esas fotos y los retratos que con los meses de convivencia.

Graciela Amalfi-Marzo 2011