lunes, 9 de mayo de 2011

Kumiko... en el sur. Parte S




Kumiko… en el sur. Parte S




Ese día se cumplían tres años de mi primer beso. Un momento de despedida ausente. Se presentaba el año 1962 con su psicodelia y los Beatles a punto de nacer al mundo de la música.

Mis amigas Sallie, Eleanor y mi primo Louis empezaban a enviarme discos de pasta recién editados en el país del norte.

Marcelo y yo vivíamos nuestras horas en un sur argentino que nos acurrucaba con maderas encendidas.

Mi relación con Victoria Ocampo siguió a pesar de la distancia y el tiempo transcurridos. Yo le enviaba mis cuentos por vía postal y ella atenta siempre respondía con correcciones que animaban a seguir mi camino por la escritura. El día que recibí su carta anunciándome que publicaría tres de mis cuentos en la revista “Sur” sentí unas ganas locas de empezar a correr y largar todos los sentimientos al aire.

Salí de la casa y grité. Sí, grité como una loca reviviendo una alegría.

Marcelo compartía mi felicidad, la disfrutaba y le gustaba verme así. Disfrutaba ver mi sonrisa, mi grito, y toda yo.

Sus oídos y los míos estaban acostumbrados al repicar de las teclas de la Rémington. Él sabía respetar mis espacios y acompañarme en mis gustos. Su trabajo y mis historias inventadas se llevaban bien.

El paisaje nos contemplaba y parecía satisfecho por nuestro lugar ahí dentro de él.

Vivíamos en una casa muy pequeña desde donde veíamos el cerro Piltriqritón. En realidad el cerro parecía habitar nuestro living, se erguía como un héroe en ese pueblo a quien alguien le puso un nombre: “El Bolsón”, pronunciado por primera vez en 1926.

Marcelo seguía con su música y daba clases en el colegio del pueblo.

Los habitantes no eran muchos. Todos nos conocíamos. Qué singular contraste existía entre nuestro lugar y la Buenos Aires que me había recibido tres años antes. Marcelo había nacido en ella hacía veinticinco años. No la extrañaba para nada, yo menos.

El Bolsón tenía una magia particular, de esas magias que envuelven y saben abrazar.

Teníamos un perro, Teo. Con su encanto logró que lo adoptáramos en nuestro pequeño mundo. Teo esperaba el regreso de Marcelo todos los días y acompañaba a mi Rémington y su lenguaje. Yo tenía todo el tiempo que quería para escribir, tener contacto con la naturaleza que abarcaba mi vida y no deseaba soltarla.

En el patio había un arbolito al que yo cuidaba con verdadera pasión, recordando al árbol de mi infancia, de la casa de mi abuelo. Ese árbol ahora de tallo grueso al que le había confiado trozos de mi vida.

A una cuadra de casa vivía un amigo recién llegado de la capital. Se llamaba Rubén y sabía lucir su pelo largo y con rulos. Era músico y poeta, por lo que no resultó difícil hacerse amigo de él.

Rubén nos prestó algunos libros. Yo, especialmente, me los devoré. La lectura y la escritura invadían mi tiempo y yo no les cerraba la puerta. Los tres nos juntábamos casi todas las noches a leer, hacer música y charlar. Al grupo se fue agregando gente. Así se sumaron: Andrés, Cecilia y Lisandro, los tres vinieron de Rosario para radicarse ahí.

Rubén era el líder del grupo, un personaje transparente, tan devoto de sus rulos como de la cerveza. Lo elegimos sin preguntar para que llevara el timón de nuestros mundos nocturnos. Si bien yo había leído algo de filosofía clásica de esos años y otros, nuestros rulos de amigo podían lograr desmoronar toda una pared levantada y revocada con sus palabras. Marcelo también lo admiraba.

Cecilia era pintora plástica, tenía mi edad y Lisandro un fotógrafo de profesión que prefirió dejar su mundo entero en Rosario para llegar a armar el rompecabezas de algo nuevo en El Bolsón. Hacía dos años que se conocían. Los padres de Cecilia nunca comprendieron como su única hija prefirió fugarse con ese “cámara” y olvidar su vida cómoda.

Lisandro era el mayor de nosotros seis, en unos días cumpliría sus treinta años. Había traído tres cámaras fotográficas profesionales y las mostraba con el mismo orgullo que yo a mis escritos.

Andrés había estudiado psicología en La Plata y a él nunca lo llegué a descubrir. Nunca supe por qué se había venido a este pueblo pequeño del sur con su carrera a pasos de ser terminada. Con Marcelo le dimos hospedaje en nuestro living durante varios meses, pasados los cuales se fue a vivir a una casa en medio del campo a unos diez kilómetros de El Bolsón. Ahí estaría como ayudante en una estancia. Antes de su huída de casa presenciamos muchas discusiones filosóficas y políticas entre él y Rubén. Nuestro pelilargo, y digo nuestro porque así lo sentíamos, apoyaba al hipismo incipiente, a sus ideas de vida en comunidad, del compartir con el resto, de la paz y del amor. Andrés no parecía estar muy de acuerdo con toda esa teoría. Alguna vez Rubén le gritó:"Vos y tu psicología barata que se olvidan de lo básico de la vida”.

Los libros de cabecera del casi psicólogo abarcaban a Lacan en su totalidad y su manifiesto de que el hippismo era un modo inexistente de vida. Su cara prolijamente afeitada parecía desgranarse en cada discusión y perdía su forma. Su psicología no lo llevaría a buen puerto.

Cecilia y Lisandro preferían no participar en las charlas sino sólo como espectadores. Unos meses después nuestro amigo fotógrafo llegó a asombrarnos cuando nos mostró algunas fotos tomadas en esas charlas nocturnas. Cecilia había usado su tiempo en pintar algunas de esas situaciones. La mirada de todos, excepto la de nuestro psicólogo, era tranquila y descansada.

Creo que conocí más a Andrés observando con detenimiento esas fotos y los retratos que con los meses de convivencia.

Graciela Amalfi-Marzo 2011


3 comentarios:

  1. Grande bella amiga. mañana lo leo al aire. Un orgullo. besosssssssssssss

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  2. Me gusto.....me remonta a aquellos años de rebeldia que por supuesto vivi. Hermosa estampa descripta de aquellos años que creiamos tan locos......y en realidad eran tan inocentes.....!!!Bello, muy bello Grace!!!!! Lili la musiquera.

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  3. hermoso sobrina quiero comprar el libro cuando salga del cascaron ja ja

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