domingo, 7 de octubre de 2012

Amanecer XIV...de mi libro.



Holaaaaaaaaaaaaaaaaa amigosssssssssssssss...hoy nos toca leer el capítulo XIV de mi último libro "Amaneceres".

Les recuerdo que el SÁBADO 13 DE OCTUBRE ESTARÉ PRESENTANDO MIS LIBROS EN LA CIUDAD DE GUALEGUAYCHÚ, ENTRE RÍOS, ARGENTINA.
He sido invitada por el escritor Carlos Galguera y su gente de letras de esa ciudad. Compartiremos lecturas, música y un lindo momento. 
Será a las 20.30 horas, en Andrade y Borques ( en la que fuera la casa del poeta Olegario V. Andrade).
TODOS INVITADOS!!!!!!!!!!!!!!!!








Amanecer XIV
 

 
        Laura no puede faltar a la cita que le propone su tía. Para eso debe  pedirle a Martín que cuide a Manuel, el hijo de ambos. Aunque ese jueves no es el día de “visitas”, su ex tendrá que hacerse cargo del nene.
     El llamado suena en el celular de Martín, cuando está en el supermercado, comprando algo para el almuerzo, y de paso, para la cena también. Escucha la voz de Laura, no puede decirle que no,  tampoco quiere.
    Acuerdan encontrarse en la entrada del lugar, donde se llevará a cabo el evento, al que Laura debe acompañar a su tía. Llueve un poco, llovizna. Cuando Manuel ve a su padre sale corriendo para abrazarlo y en el camino mete sus zapatillas nuevas en un charco de agua sucia. Martín festeja su hazaña, Laura y su tía los miran con sus caras, sus caras sucias de vida.
    Las mujeres entran a la confitería del golf club, ellos las saludan de lejos, riéndose por el charco pisoteado por el chico.
_ ¿Y si nos asomamos y vemos qué hacen ahí adentro?_ le dice Manuel a su padre.

Los dos caminan por una veredita que los conduce a un lugar vidriado. Ahí, en ese lugar, están las mujeres. Muchas mujeres. Todas viejas o muy viejas, más que la tía de Laura. Se las ve hablar y reír y hasta mentir. Sí, algunas mienten felicidades inventadas. Las mesas son redondas y los manteles blancos, les reparten unas lapiceras a todas. Nadie los ve, excepto una chica que mira por la ventana, aburrida y pensativa, seguro piensa: “qué estoy haciendo acá”.
   El sol intenta empujar a las nubes, ya no llueve, algunos aparecen en el césped para jugar al golf. Raro deporte, lo llaman “deporte”, nunca entendí por qué. Martín tampoco lo entiende y eso es lo que le dice a su hijo. Las mujeres aburren a quien las mira, ellos se cansan y se van a pisar agua de lluvia alrededor de los lagos de Palermo. Qué mejor que ponerle buena cara al tiempo agrio de ese día.
    Ni un vendedor de panchos hay en ese momento. La lluvia se despide dejando restos de frío. Son las 3 de la tarde y ellos tienen ganas de tomar algo calentito. Y las viejas, bien viejas, de adentro están rodeadas de café y masas finas, al té lo dejan para las 5 de la tarde. Ése es el orden establecido por la sociedad de las poetas muertas, todas muertas de ignorancia de letras, seguro, está muy seguro de esto, el músico que hace maravillas con su percusión.
    Decide entrar en la confitería del lugar para tomar algo caliente con su hijo. Total las mujeres viejas están del otro lado y no los ven. Martín no está vestido con un “elegante sport”, como dice un cartel colgado en la puerta, no le importa, igual entra. Aunque el mozo los mira de costado, les sirve los submarinos que piden. Martín paga y se van. Obvio que no le deja nada de propina, para qué si el tipo es un antipático.
  Los restos de sol de la tarde, empiezan a reflejarse en el lago que tienen ahí bien cerca. Se sientan en el borde. Manuel le cuenta algunas cosas que hizo en el jardín esa mañana y le hace preguntas, muchas preguntas, demasiadas. De las cosas, de los hombres que corren, de los patos del lago, del hombre que tiene un trapito amarillo en su mano, de… su madre y de él, “¿y por qué no viven juntos? ¿por qué no vivimos los tres juntos?”.
   Martín balbucea algunas respuestas, otras quedan dando vueltas en el medio del lago.
  Manuel tiene la picardía de su padre y el gesto triste de Laura. El chico disfruta enormemente los momentos que está con Martín. Con su madre igual es feliz, los chicos a esa edad no suelen diferenciar demasiado la felicidad de la tristeza o sí, depende, nunca se sabe. Si le dieran a elegir, el nene preferiría pasar todo el tiempo con su padre, con él se ríe, en cambio de la madre recibe muchos retos. También son buenos los retos, dicen que “al árbol hay que enderezarlo desde chiquito”, eso nos enseñan siempre. Seguro que las viejas poetas muertas, de la sociedad de la sala de mesas redondas con mantel blanco, a punto de jugar al Bingo, piensan lo mismo. “Enderezar el árbol”, así todos en fila, los chicos en fila, cayéndose y muriendo como carne picada, de a uno, como en “The wall”.
   Martín agarra una rama del suelo, la sacude, se la da a Manuel. Elige otra para él, así empiezan a inventar sonidos que se acompañan, Manuel no se equivoca nunca, sigue el ritmo  marcado por su padre,  se muere de la risa y quiere “otro palito papá”. En ese momento pasa una pareja de unos 45 años, los mira y los aplaude. Luego se sientan al lado de ellos y los escuchan con atención. El hombre es un turista brasilero que sabe mucho de estos ritmos. Y la voz los sigue. El dúo empieza a crecer y el del trapito amarillo se acerca también. Y se ríen, se ríen todos. La percusión necesita de más cosas para golpear, para aturdir y las encuentra. Una chica se va acercando, es la misma que estaba en el salón con las viejas, empieza a entonar una canción y ellos la acompañan,  las palmas del brasilero y las del trapito también. En medio de ese lago con algunos patos y con agua sucia y restos de basura, se arma un grupo improvisado, al que no le falta ni siquiera una vocalista. Hasta la bocina del tachero que desacelera su marcha ayuda en la reunión.
  Juliana, así se llama la vocalista del grupo improvisado. Ella y Martín empiezan a charlar, cada uno cuenta su experiencia y su pasión por la música. Todos se van yendo. Quedan ellos solos y Manuel. Las manos están cansadas de tanto golpeteo y la garganta de la chica también. Caminan un rato, los tres. La cita debe terminar a las 6 de la tarde, pero la hora pasa, las luces del parque empiezan a encenderse. Manuel tiene hambre. Por suerte Juliana lleva un paquete de galletitas en su cartera. La confitería del golf queda lejos, se ve chiquita desde el bar que está al final de los lagos, sobre Figueroa Alcorta. Suena el celular de Martín, otra vez, imprevistamente como había sonado al mediodía, del otro lado Laura y su enojo y “¿dónde estás?  ¿ no te dije que trajeras a Manuel a las 6 en punto? ya son las 7 ¿adónde te fuiste?”.
  La discusión fue corta como son todas. Laura va a buscar a su hijo hasta la confitería donde están ellos.
 Martín despide a su hijo con un fuerte abrazo y con la promesa de ir a buscarlo en dos días para llevarlo al cine, tienen pendiente una película que se estrenó la semana pasada. Laura mira con mala cara a Juliana. La chica le sonríe. Tal vez ambas recuerdan, que se cruzaron en el salón de las mesas redondas con manteles blancos. Toma al nene de la mano y se va sin saludar. Es muy común esa actitud en ella. A Martín no le llama la atención. A Juliana, sí.
  Amanece otro día.
  Martín sonríe cuando ve el sol. Hace mucho que no amanece acompañado. Juliana desayuna con él y se va al trabajo. Trabaja en una oficina del centro.
   El sol golpea contra la cara del percusionista, como golpea él a sus timbales todos los días, en cada ensayo, en cada show…


Extraído de "Amaneceres", autora Graciela Amalfi.


AMALFI,GRACIELA.
 Amaneceres- 1a ed.-Ciudad Autónoma de Buenos Aires: el autor, 2012
88 p.; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-33-1798-9         
1. Narrativa Argentina. 2.  Novela. I. Título
    CDD A863


Fecha de Catalogación: 06/02/2012

Contacto con la autora:
belinda_2010@yahoo.com.ar
www.facebook.com/Boticaria Letras Desarmadas Amalfi

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN 978-987-33-1798-9
Impreso en Argentina. Derechos reservados.
 


 

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