sábado, 29 de enero de 2011

Mi libro de cuentos..."Des palabras armando"












Acá van algunas fotos de tapa, contratapa e interior del libro


"Desarmando palabras" o "Des palabras armando", como lo prefieran leer.

Pronto organizaré la presentación en Buenos Aires...será el lanzamiento en el universo nuestro...ja.

Les avisaré por este medio , por el facebook o por mail.

El libro tiene 84 páginas, de 14,5 x 20,5 cm.

El dibujo de tapa fue seleccionado de una serie de ilustraciones de NTNA.



Y fue una co-edición de Milena Caserola y )el asunto(


El libro tiene 26 de mis cuentos.




GRACIELA boticaria AMALFI.








sábado, 15 de enero de 2011

Des palabras armando




"Des palabras armando"



Con Uds. amigos/as quiero compartir la inmensa alegría de ver cumplido uno de mis sueños...ese sueño de tantos años...que durante tiempo parecía un imposible...hoy es una realidad...y ya me pellizqué..jaaaaaaa...y estoy bien despierta...hoy 14 de enero de 2011 en una imprenta ubicada en Av Dorrego y Charlone...y de la mano de Rey Santos Larva/ Matías Reck...Milena Caserola y )el asunto(...apareció en este planeta mi primer libro...con el título que figura arriba...y con más de veinte cuentos con los que los vine torturando durante todo este tiempo...
Gracias mil por estar del otro lado, por el aliento, por la lectura...por siempre.
No más palabras...
Graciela- Boticaria o "La boti".
Verano de 2011

lunes, 10 de enero de 2011

DESARMANDO PALABRAS/DES PALABRAS ARMANDO




... REY LARVA... MILENA CASEROLA Y EL ASUNTO EN UN TRABAJO DE CO-EDICION... PRESENTARAN EN LA FLIA SERRANA DOS LIBROS... UNO DE CUENTOS... DES PALABRAS ARMANDO (GRACIELA BOTI AMALFI)... Y UNA NOVELA DE AVENTURA Y PASION... ROCIO DE MICA- LA CIUDAD DE SAL (CLAUDIA E. MIGLIORE)... LAS AUTORAS FIRMARAN LIBROS... QUE SEA LUZ...


EN SAN MARCOS SIERRAS-CÓRDOBA-ARGENTINA.

EN LA FLIA DEL 22-23 DE ENERO DE 2011.


HAREMOS OTRA PRESENTACIÓN PARA LOS AMIGOS QUE ESTÁN EN BUENOS AIRES...EN MARZO/ABRIL...CUANDO LAS VACACIONES VUELVAN A SU LUGAR.


ESPERO QUE EL GRUPO DE CUENTOS ELEGIDOS LES GUSTE.


GRACIAS A TODOS


ABRAZOS BOTICARIOS

lunes, 3 de enero de 2011

Los cuatro libros.









Los cuatro libros.
de Graciela “boticaria” Amalfi


Salía de la biblioteca tambaleando. Las páginas apresuraban mi paso. Tropecé en el escalón que estaba en la mitad del salón. Tu madre alejó su mirada de mí como una nube que le escapa al sol del mediodía. Yo preferí caminar más rápido y no detenerme ante su presencia. Los libros pesaban en mis brazos como un montón de escombros agrietados. La distancia a la puerta principal se hacía cada vez más larga. El aire de las hojas amarillas me sofocaba. Quería huir rápido del lugar pero mis pies parecían encadenados por un aroma de nostalgia.
Al entrar, Elena, me había preguntado qué hacía ahí. No me animé a contestarle. Preferí que mis actos se lo dijeran frente a sus ojos azules. Mis movimientos rápidos e inseguros la ofuscaban, le ponían los pelos de punta. Qué podía estar haciendo ahí el que se había llevado a su hija de su casa.
Para ella yo siempre sería un descarado, entrometido y ladrón.
Las estanterías se paseaban entre mis manos como dibujando una danza de niñas correctas y pulcras. A Elena ese bosquejo a baile le recordaba a su hija alejada. Sus pies corrían a mi entrada y a mi búsqueda. Entre los estantes la respiración de los dos se entrecruzaban como mezclándose en medio de una incomprensión compartida.
Nuestras bocas estaban mudas. Se oían sus pasos calculados y mis pisadas titubeantes. Los pasillos que separaban las estanterías parecían verdaderos túneles de terror, un laberinto sin final.
La fila de libros se hacía gigante delante de mí y ellos parecían burlarse en mi propia cara.
Había cuatro que yo debía encontrar, sólo cuatro. Me habías indicado el lugar exacto en donde podría encontrarlos o mejor los lugares exactos. Porque todos estaban en diferentes sectores. Así fue por años “para engañar a mi madre”, según me decías. Bibliotecaria de tiempos que conocía hasta el más pequeño grano de polvo acumulado en cualquier rincón de las estanterías viejas y ruidosas.
Llegué al primero, lo agarré con mi mano derecha, no emití ninguna palabra. Lo mismo pasó con los otros dos, pero cuando llegué al cuarto una brisa a modo de viento al galope hizo caer a los tres. Casi temblando abracé al tesoro ya completo y emprendí mi salida.

Al poner mi mano en el picaporte de la puerta destartalada, tu madre dio dos vueltas de llave a la cerradura. Mi escape se había truncado. La mujer audaz y caprichosa me ganó esta vez.
Seguro estarás diciendo que perdí tu diario íntimo partido en cuatro.
Seguro estarás pensando que me distraje por ahí.
Seguro no te imaginás que frío que hace en esta biblioteca de pueblo.
Seguro no creerás que estoy aquí con una suegra vengativa y un manojo de llaves arrojado en un túnel que acabo de descubrir.

GRACIELA “Boticaria” AMALFI- 1 º DE ENERO DE 2011

lunes, 27 de diciembre de 2010

Tierra...del grupo de los Cortos boticarios.


"TIERRA"...DE LOS CORTOS BOTICARIOS.

Tierra.
de Graciela Boticaria Amalfi.


La calle vacía. Vacía y muerta como todas las mañanas. Mañanas de un ahora sin título. Título de un día perdido. Perdido en una semana cualquiera.
La calle corriendo a un tiempo inocente y despreocupado.
Mañana de gente caminando en medio de un asfalto asfixiado.
Un piso latiendo en un mundo viejo y arrugado.
Los chicos y los hombres soñando una misma mentira. Mentira armada por unos cráneos vacíos de sensibilidad.
Lágrimas que huyen de una esperanza que nunca llega. Una esperanza de paz con tanques de guerra. Gente amontonada y chocando contra un muro caído y en ruinas.
…………………………………………………………………………………………….
Un viejo desarma la calle, toma la mañana en sus manos y se va a dar una vuelta con un planisferio dibujado en el pizarrón del colegio de campo.

Dicen que así desapareció un planeta al que llamaban Tierra.

Graciela Amalfi. 26-12-2010.

lunes, 20 de diciembre de 2010

El que no llora no mama...






Desde el blog boticario les deseo a cada uno de mis lectores la más linda Navidad y les dejo el boti-abrazo más grande junto con un enorme GRACIASSSSSSSS por visitar al boticaria-graciela.


Y lo último que escribí...





Dicho popular : “El que no llora no mama”.

Había un pobre infeliz que de tan infeliz todos se le reían al verlo. Y él lloraba por ello. En lugar de reírse el infeliz, lloraba y no dejaba de llorar.
Había usado todos los pañuelos de la abuela, los repasadores de la cocina y hasta los trapos de piso.
Las sábanas de su cama derramaban lágrimas a la par del infeliz. Los muebles de la casa no dejaban de mirarlo…y de vez en cuando se les piantaba algún lagrimón con sabor a tango.
Todo retazo de tela, pedazo de papel y material absorbente del planisferio salían presurosos a abrazar las lágrimas del infeliz.
Nadie sabía por qué lloraba el que lloraba. Ni su madre que a veces se ponía a llorar a su lado para no dejarlo solo. Su padre se cansó de su llanto y se fue de gira con unos magos de un circo que pasaron por el pueblo. Ni siquiera tenía hermanos el infeliz.
Un día llegó al pueblo un tal Pitágoras , decían que era un hombre muy inteligente y entonces el cura párroco fue a preguntarle si lo podría ayudar al infeliz que no dejaba de llorar. Le explicó que en la iglesia hasta las estatuas habían aprendido a llorar al compás de sus lágrimas y que una vez vinieron los canales de televisión a filmar el llanto parroquial en masa. San Expedito, la Virgen Desatanudos, San Cayetano y hasta Judas Iscariote lloraban y lloraban.

Pitágoras pidió ver al infeliz. Revisó cada una de sus lágrimas y le dijo a todo el pueblo.

“Pedazo de infelices ¿ no se dan cuenta que el infeliz tiene hambre y que este infeliz quiere que se cumpla el dicho popular que el que no llora no mama?”.

-Sólo tienen que darle de comer y su llanto desaparecerá.
El infeliz empezó a comer y comer y dejó de llorar y llorar.
El pueblo emocionado despidió a Pitágoras con un llanto general. El único que no lloró fue el infeliz que estaba entretenido con todos los manjares que le habían preparado.

GRACIELA “BOTICARIA” AMALFI. 13-12-2010

P/D: Dedicado a Raúl, Nieves y Gisela, por la compañía de estos cuatro meses…

domingo, 12 de diciembre de 2010

La mujer y el coronel.




La mujer y el coronel.


Whisky agitado por la mano del coronel, hielo desarmado, líquido frío que enrojecía sus dedos y quemaba su voz.
Eran mis inicios como periodista. El tiempo presente eran los años 60-70, apenas lo recuerdo.
Fue una de mis primeras entrevistas.
-¿Te animás muchacho?- me preguntó el responsable de la editorial del periódico.
No dudé en responderle afirmativamente.
Y así es como me metí en la historia, la otra historia que les voy a contar. La historia del cadáver de una mujer, de un coronel y yo en medio de ellos.
Así comienza.

-¿Helado no?, le pregunté.
-Muy helado, tanto como el cadáver de esa mujer. Siempre frío.
-Coronel, esa mujer logró entrar y permanecer en su vida a pesar de los años ya pasados - le dije.
-Esa mujer, esa mujer – murmuró y rió y recordó.
-Sírvame más whisky, por favor-me dijo el coronel con un tono hosco y severo.
Lo miré y vi que lloraba, esas gotas guardadas durante años caían desde su cara pálida a los mosaicos de su escritorio.
En la mesa marrón tiró la última foto que le tomaron a ella.
Miró la foto. Yo también la miré. La mujer estaba totalmente desnuda mostrándose al mundo.
Tomó en sus manos el retrato agrietado y me lo dio.
-Llévelo y publíquelo en su periódico, señor periodista- me dijo el coronel.
Su decisión me sorprendió. ¿El hombre deliraba o estaba consciente? , me pregunté.
-¿Publicar esta foto y ella totalmente desnuda en ese féretro recubierto de oro? Agradezco su colaboración y generosidad, señor coronel- murmuré.
-Y ahora váyase y no vuelva nunca más-gritó el militar.
Salí de su casa, mis pies corrían rápido, no mire hacia atrás ni una sola vez. Prefería olvidar ese momento. No lo pasé bien. Tomé un colectivo para ir a la imprenta.
-Esta nota me consagra o me destruye para siempre, dije en voz alta en medio del colectivo. Los pasajeros me miraron haciendo un gesto de desconcierto con sus cabezas.
Le entregué la foto al responsable de la edición del diario.
Ignacio no lo podía creer.
-Lo lograste muchacho-me dijo, lo lograste carajo. Nunca pudimos acercarnos a él ni siquiera para insinuarle el secreto del secuestro del cuerpo muerto de esa mujer tan popular.
Ella ,era querida por muchos y era odiada por otros.

Mañana todos verían la parte de la historia no contada hasta hoy.
En la primera plana del diario apareció la foto de ella. La edición se agotó en menos de dos horas. Se volvió a reeditar varias veces.
………………………………………………………………………
Lo extraño es que hoy después de tantos años buscando entre mis papeles guardados no puedo encontrar ni el periódico ni la foto avejentada ni el sabor del whisky del vaso del coronel.
Mi memoria debe estar jugando con la mujer en algún lugar de un mundo lejano al que a mí no me es permitido entrar.

GRACIELA AMALFI

domingo, 5 de diciembre de 2010

Kumiko..."pero". Parte L




Kumiko…”pero”. Parte L.

La invitación de René me pareció por demás embriagadora de pasión, de ilusiones y de sueños. Mis pensamientos empezaron a caminar por lugares deshabitados e inconclusos. La idea del viaje a su lado me parecía maravillosa, a qué joven de dieciocho años no le parecería extraordinaria semejante propuesta.

Dejarlo todo así tan rápido, no, no iba con mis ideales. Un amor, un hombre, una vida desconocida me tendían la mano y no es que iba a negarla, pero…

_Piensa, Kumiko, piensa, insistían las palabras de un abuelo que ya no estaba enfrente de mí pero que seguía vivo en mi corazón.
Me sentía en el medio de un ring en el que tendría dos rivales en lugar de uno, y yo Kumiko, la Kumiko de siempre enfrentando a ambos.
Por la retaguardia derecha estaban acomodados con sus guantes negros de boxeadores experimentados mis padres, y por la izquierda los guantes rojos llenos de pasión de René.

Necesitaba volver a casa. Meditar debajo de mi árbol, de lo único que sentía mío desde años, mi herencia.
Lo hice. Regresamos el lunes a la mañana en un Ford más descansado y con una temperatura que ya no apretaba nuestra ropa ahora informal.
A René le expliqué antes de partir que realmente lo amaba, pero que yo tenía mis tiempos y para tomar semejante decisión debía pensarlo algo más. Fue muy doloroso decírselo. Él tendría que comprender que yo nunca iba a ser una mujer fácil de convencer. Esto lo supo a través de los años.

Sallie y Eleanor apuraban mi ida a la Argentina. Les costaba convencerme así tan rápido.
-Si lo querés ¿para qué esperar?-decían a coro.

-Y si me quiere ¿para qué el apuro?- les respondía yo.

Dejaría mucho en América, ganaría mucho en Argentina, o ganaría mucho en América y perdería mucho en el otro país.
¿Cómo saberlo? Solo con probarlo.

Mis padres se opusieron de forma tácita y precisa a mi viaje.
René no esperaba esa indecisión de parte mía.
Yo necesitaba tiempo para pensar, era mi vida, sólo mi vida y de ello no tendría que rendir cuentas a nadie.

Las historias de amor me apasionaban. Cumbres borrascosas, La Traviata, pero como en ellas… el amor se veía maltratado muchas veces.

Esos días fueron los más solitarios de mi vida. Me encerraba en mi cuarto a leer o me sentaba en el viejo sillón de paja de mi árbol y en ambos lugares pensaba y pensaba.
Sólo de una cosa estaba segura y era que quería escribir, seguir escribiendo como lo había hecho a escondidas durante cinco años. También tenía claro que no quería seguir viviendo mi vida acomodada y sin altibajos como hasta ahora.

Argentina era un desafío, mi desafío.
Más tarde me daría cuenta que René sólo fue un instrumento para transitarlo, sin su ayuda hubiera sido más difícil pero igual lo hubiera logrado.
Pasaron seis meses hasta que en medio de cartas postales desordenadas y una maleta enorme decidí viajar hacia esas tierras casi perdidas de América del sur.

P/D: Amigos kumikianos ...nuestra protagonista comienza un largo viaje y por un tiempo dejará de andar por el blog...en algún mes del 2011 nos seguirá relatando sus andanzas...

GRACIELA AMALFI- UN DÍA DE DICIEMBRE DE 2010

domingo, 28 de noviembre de 2010

Kumiko...decidiendo. Parte K.




Kumiko…decidiendo. Parte K

Esa mañana amanecía con un sol redondo colgando de un azul suspicaz y risueño. El viento recorría levemente las hojas de los árboles y se posaba de a ratos en la cortina blanca que cubría la ventana de mi habitación.
Abrí mis ojos y me acerqué a observar desde el primer piso del cuarto de huéspedes el verde oscuro de los arbustos. Ese domingo mis padres y algunos más se quedarían en la casa de Louis para descansar después de tan larga fiesta.
En el comedor me estaba esperando una rica infusión con pan tostado y mermelada casera hecha por Mary, la cocinera de la casa. En mi descenso hacia el comedor la escalera marcaba cada uno de mis pasos y la baranda de madera acompañaba mi tránsito lento.
Mis pies dieron con tierra firme y fue entonces cuando oí desde un lugar alejado del comedor una voz cálida y precisa que pronunciaba mi nombre.

-Kumiko, buen día ¿Cómo amaneciste?

Busqué la voz que estaba recostada en el sillón de terciopelo y al querer responder, de un modo ingenuo y casi infantil tropecé con una banqueta que se cruzó en mi paso.

-Cuidado no te caigas, ¿Te asustaste? Soy yo René. Hace rato que estoy esperando que bajes.

Sentí sus manos sosteniendo mi cuerpo que estaba trotando por el aire que me separaba del mármol del piso.

-Ya está el desayuno señoritos, nos dijo Mary.

Mis ojos estaban abiertos a un mundo de encanto y cerrados al exterior. Todavía tropezando por la maldita banqueta de mi camino me acerqué a la mesa de la mano de René.

-Me levanté muy temprano para no perder la oportunidad de desayunar con vos, sólo con vos, escucharon mis oídos y se sintieron como en trance.

-Kumiko no dijiste ni una palabra desde que me viste-susurró René en uno de ellos.

Ese montón de palabras atravesaron el conducto auditivo, tropezaron con no sé qué parte de mi cuerpo y fueron a parar como por un tobogán al medio de mi corazón.
Le sonreí.

-Es que me sorprendiste, pensé que ya te habías ido, le dije tímidamente.

-No podría haberlo hecho sin hablar antes con vos.

-Te escucho René, susurré con un aire impregnado en dudas.

El aroma del café que golpeó mi cara somnolienta y la tostada caliente que tomé en mi mano se unieron a coro para despertarme de una vez.
Las palabras de René se asomaban por sus labios, corrían hasta el negro de sus ojos y se quedaban mudas en medio de un desayuno que quería seguir siendo el protagonista de ese momento.
Mary nos miraba desde lejos con una sonrisa de vieja compinche. Retiró lo poco que quedó en la mesa. Le agradecimos por tan rico manjar y salimos al parque

-Te escucho René, me dijiste que querías hablar conmigo, le dije.

Tragó saliva, su azabache atravesó mi alma y tomándome las manos bien apretadas me dijo:

-La semana próxima regreso a mi país, Argentina, y quiero que vengas conmigo.

Emití una voz desarmada y dije:
- Pero esto no es posible, mis padres no me dejarían ir a un lugar tan lejano.

-Yo lo hablo con ellos, no te preocupes.

-Conozco a mis padres te dirán que no.

-Y bueno entonces deberás elegir vos, si lo que tus manos transmiten cuando me tocan y lo que tus ojos callan cuando me miran no es falso, elegirás venirte conmigo igual.

Esa fue una de las mañanas más difíciles de mi vida. Sé que el abuelo me hubiera comprendido, también Louis, pero mis padres seguro que no lo harían nunca.

Mis padres me importaban… y mucho.
Mi vida americana… también.
Pero René…
René… me importaba más que nadie en este mundo.

-Piensa Kumiko, piensa, rebotaban las palabras de Hayashi en mi cabeza.

Ese día debía pensar mucho.

Ese día debía decidir claro.

Ese día no me permitía un error.


GRACIELA AMALFI- 25-11-2010




lunes, 22 de noviembre de 2010

Kumiko...danzando. Parte J




Kumiko…danzando. Parte J

La llegada de las vacaciones coincidía con el fin de clases, era obvio y natural.
Mi primo Louis cumplía sus 21 años y haría una fiesta importante en la casa paterna, en New York. La lista de invitados abundante y variada: Muchos amigos de la universidad, toda la familia y su prima de nombre oriental Kumiko. Mi nombre seguía sorprendiendo a la gente tanto como a mis amigas del secundario desde aquel primer día de clases.
Los preparativos para el cumpleaños se transformaban en trajes, vestidos, puntillas, peinados, pinturas. Todo aquello que hacía resaltar la belleza de damas y caballeros.
El Ford azul se preparaba con brillo y galantería para desplazar hasta la ciudad a los tres invitados de la familia Hayashi, mi familia.
Ese mediodía me acerqué a mi árbol, el árbol que hacía doce años había surgido de una semilla negra y redonda, la más chiquita, la que yo había elegido entre doce semillas distintas.
Tal vez hubiera alguna semejanza entre mi amor genético por los árboles y el significado de mi apellido.
-Bosque, significa bosque-me dijo el abuelo en aquella oportunidad. Una niña de seis años que quería saber el origen de Hayashi.

Mientras tanto la casa estaba siendo cercada por un movimiento inusual, la recorrían tacos y zapatos acordonados, la corbata rayada de papá y el vestido de gasa de mi madre. En el fondo del jardín estaba yo mirando a mi árbol. Sus hojas me hicieron un guiño de despedida y flotaron por un aire de viento suave empujándome a entrar a la casa y a prepararme para la fiesta antes de que empezaran los reproches de mis padres.
Di media vuelta y mis pasos empezaron a trazar un camino hacia la casa, giré la cabeza dos veces y lo vi, ahí, en ese mismo lugar que habíamos elegido el abuelo y yo años atrás.

Papá apretó el acelerador más de la cuenta y el auto salió a plena carrera hasta la ciudad. Teníamos muchas millas que recorrer. No había sido buena la idea de viajar tan tarde. El calor apretaba nuestras ropas en un cuerpo que iba inundándose de cansancio.
Llegamos a la fiesta sobre la hora. Extenuados. Mi cabello había sufrido un desarreglo apreciable, el vestido fue invadido por arrugas y los zapatos nuevos mostrarían un gesto de desagrado a la hora del baile.
En el último de los tres escalones que separaban la entrada principal del salón de la casa, donde se llevaría a cabo el agasajo, estaba Louis. Salió corriendo a abrazarnos.
-Pensé que no llegarían, nos dijo.
Entramos saludando a los invitados. Entre todos sumábamos alrededor de sesenta. Busqué ese negro azabache de unos meses atrás y no lo encontré. Mi cara sufrió la primera decepción de ese verano.

-Y bueno que empiece el baile, dijo mi primo después del brindis.

Me tomó del brazo y empezamos a bailar, mi cuerpo daba vueltas y giraba como loco, mis zapatos querían huir. La música siguió sonando y en medio de un fondo sonoro suave alguien robó mi brazo derecho a Louis y siguió marcando el compás de los instrumentos. Mi cara se iluminó con una dicha enrojecedora y de color seda, al ver ante mí un par de ojos negros que atraparon y enceguecieron mi mirada. Era él, René, el compañero de estudios de Louis.

La música eternizaba el encuentro. Parejas armadas al azar y otras formalizadas encontraron su baile en medio del salón. Yo era feliz.

Los instrumentos apagaron su vozarrón y cada personaje regresó a su asiento. Sólo René y yo dibujábamos en el piso de mármol una música sin oídos y repleta de color. Me olvidé de los invitados, de Louis, de mis padres, de mi yo.
Mis zapatos pedían a gritos salir de su lugar, mi cabello volaba y caía sobre mis hombros en cada movimiento, el vestido lucía como un privilegiado en medio de esa fiesta y mi cintura se sentía agazapada por ese brazo fuerte que me sostenía en cada cambio de compás.
La alfombra roja abrazaba los caireles de la araña que colgaba en medio del salón y ellos, todos juntos, acariciaban nuestros cuerpos con una suavidad incauta y sensual. La música nos atrapaba entre decibeles y do, re, mi. Girábamos en un planisferio hecho para nosotros.
El mundo nos miraba o no. No importaba. Estábamos juntos, René y yo.

-Piensa, Kumiko, siempre piensa-decía el abuelo en mis oídos ausentes.

Ese día fue la primera vez que me enfrenté con el amor cara a cara.
Ese día marcó mi ruta a seguir durante mis próximos años.
Ese día mi vida sacó un pasaje a un mundo desconocido.



GRACIELA AMALFI-21-11-2010

domingo, 14 de noviembre de 2010

Kumiko...fin del colegio. Parte I




Kumiko… fin del colegio. Parte I.

Los aplausos se empezaron a desarmar entre las butacas del teatro. En mis manos apareció un pañuelo blanco con puntillas en los bordes para acariciar la cara mojada con lágrimas que reflejaban mi emoción ante singular puesta en escena.
Miré a mi derecha, ahí estaba Sallie, le sonreí y nos preparamos para salir del lugar con el resto de mis compañeras. Al bajar los escalones que nos separaban de la entrada percibí un choque de una mirada distante posándose en mí. No me negué a su llamado. Mi cabeza se mantuvo en vela y mis ojos color caramelo se cruzaron con un par de ojos negros. Un muchacho no mucho mayor que yo era el dueño de ese negro azabache que me cautivó. Me sonrojé y seguí con mi cara firme y distante mirándolo. Tiempo más tarde me dirían que su nombre era René, argentino y alumno de Harvard. Más tarde también sabría que era amigo de Louis y más tarde aún llegaríamos a vivir situaciones muy particulares.
Llegamos al colegio con el entusiasmo exagerado ante nuestra salida. Nos dormimos muy tarde, no importaba era viernes, y el sábado no tendríamos que madrugar.
Las idas y venidas a mi casa eran cada vez más espaciadas. Yo iba creciendo y mis padres también.
Eran momentos decisivos los que yo vivía por esos días.
Mi padre soñaba con tener una hija médica, el sueño de mi madre era que fuera una concertista brillante.
Los deseos de ellos no fueron cumplidos nunca. Yo admiraba la medicina y mucho más a los músicos, pero eran las letras las que verdaderamente me cautivaban.
“Es una pena que pierda su talento en dedicarse a escribir, tan sólo a escribir” escuché que “la amargada” decía a mi padre la última vez que me fue a buscar al colegio en su vehículo marca Ford recién comprado. Estrenaba auto y estrenaba frustración de saber que su hija, su única hija, su Kumiko, no iba a hacer de su vida lo que él y mamá quisieran.
En el viaje a casa el silencio deambulaba de un asiento a otro, quería escaparse por la ventanilla abierta pero al rozar el aire de la ruta volvía en entrar. La música de la radio intentaba acallarlo y yo también, nos resultaba difícil hacerlo.
Papá dibujaba una cara triste que se enfrentaba a la mía que yacía bosquejada con una melancolía color miel.
“Piensa, Kumiko, siempre piensa”, rebotaban en mi cabeza las palabras del abuelo.
“Pensar para mí es escribir” decía una voz que estallaba desde mi interior enfrentando ese consejo.
“Justamente eso Kumiko, piensa, lee, escribe”, el sonido de un murmullo suave con olor a palabras de abuelo se deslizaba por mis oídos.
“Escritora”, que raro le sonó a mi madre.

-Está bien sé escritora y algo más-me dijo de un modo alejado y tosco.
-Mamá es que ser escritora es todo, que más falta-le dije con calidez y con una lágrima saltando desde mi mejilla a mis labios.

Fueron tiempos difíciles los que tuve que enfrentar con el entendimiento de un descendiente de orientales que magnificaba la ciencia y una americana que enarbolaba la bandera de la música sobre un pedestal imaginario.

La época del colegio quedaba atrás. Sallie seguía con sus clases en el conservatorio, años más tardes recorrería el mundo con sus teclas. Eleanor se consagraría en la investigación científica.
Sólo Kumiko había decidido no tomar el rumbo marcado por los adultos de la familia.
Sólo Kumiko había inventado eso de hacer lo que sus sentimientos desde adentro le gritaban con fuerza y seguridad.
Sólo Kumiko, piensa, lee y escribe.
Sólo Kumiko… y el árbol de su jardín también.



GRACIELA AMALFI, OTRO DÍA DE NOVIEMBRE DE 2010