viernes, 2 de agosto de 2013

Próximamente en su Sala favorita: "El escape permitido"


Hola amigos blogueros...una vez más gracias por andar por acá.
Primero les cuento que durante este mes, estaré leyendo algunas de mis historias desarmadas y vueltas a armar en:

-Domingo 4 agosto en Angel Carranza 1969/ Bar Cultural La Jalapeña/ Palermo/ Buenos Aires/Argentina.
 Alrededor de las 21.00. También música + arte plástica + música. Evento gratuito.

-Sábado 17 agosto en Pasaje Discépolo 1830, Centro Cultural Mordisquito ( este pasaje está ubicado entre Av Callao y Riobamba)/ Buenos Aires/ Argentina.
 Alrededor de las 19.00 hs. También otras lecturas y música.
Evento gratuito.

Ahora una nueva historia, creo que no la conocen...






El escape permitido

            Hay  olor a humedad y se dibujan sombras dispares en el calabozo. Este calabozo estrecho, lúgubre y con mi inocencia amputada a fuerza de gritos y cachetazos.
          —Ya se acerca la hora—dicen el Tano, Burete y Solís.
          A un costado, tapados por unas revistas amontonadas, hay una pala y un pico, que me recuerdan a la 22 en mi bolsillo, cuando volvía de la calle Corrientes a Dock Sud. La 22 cargada con mi infancia de roedores, lustrabotas y postales.
         Las camas están deshechas y  sucias. Mi madre no está en casa, trabaja de noche y mis hermanos también. No tengo padre, no tengo abuelo, no tengo.
          —Al fin nos vamos—dijo el Tano, mirando los colchones  desarmados.
          La fosa está terminada. Las  agujas del reloj marcan el  dos. Nosotros dibujamos una mirada compinche.
          Los cuatro nos deslizamos por el piso, como en el baño de ese bar lleno de ratas. Nos metemos en un pozo cuadrado, con olor a Federal y su sirena abominable. Primero se deja caer el Tano. Solís pone su pie firme en el hoyo, se escucha un silbato. Sin pensarlo,  Burete toma mi pierna  y me  arrastra hacia el escape.
         —Vamos che, ya no hay tiempo— me grita bien fuerte, como cuando vendía las postales en el obelisco de mis 11 años.
          El camino oscuro y  largo termina en un campo vecino. Unas luces alumbran nuestras espaldas, penetrando como flechas  en  los huesos.
         —Apurensé carajo—grita Solís—apurensé que nos alcanzan.
       
         Aparece el campo lindero.
Salimos. Nos metemos entre los arbustos.
        —Lo logramos amigos, viva—dice Burete.

        Ahora estamos en territorio neutral.
 Cada uno se va hacia un punto cardinal distinto.
 Cada uno corre con desesperación.
 Cada uno se meterá, otra vez, en el envoltorio de pegamento, fierros retorcidos, amores frustrados y sangre derramada…

Graciela "boticaria" Amalfi 


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