domingo, 16 de septiembre de 2012

Amaneceres, capítulo XII.


Amigos... en este post publico el capítulo XII de mi último libro "Amaneceres".

El recorrido boticario de este mes y el que sigue será:

-Sábado 29/09....18.00 hs leyendo algunos párrafos de "Amaneceres" en Ravignani y Soler, barrio de Palermo, ciudad de Buenos Aires. Música : bossa nova, jazz y boleros.

-Domingo 30/09...a las 16.00 leo en el escenario de la F.L.I.A., Feria del Libro Independiente y Autogestiva....en Parque Centenario, barrio de Caballito, ciudad de Buenos Aires. Desde el mediodía estaré con mis libros...la FLIA se organizará enfrente del Hospital Naval.

-Sábado 06/10... a las 18.00 me invitaron a presentar "Amaneceres" en el espacio literario "Los Salieri"...Av. Medrano 150, bar The Rozz....Barrio de Almagro, ciudad de Buenos Aires.

-Domingo 07/10... desde el mediodía en la F.L.I.A. de la ciudad de Escobar, provincia de Buenos Aires.

-Sábado 13/10... presento mis libros en la ciudad de Gualeguaychú, Provincia de Entre Ríos, en la que fuera la casa del poeta Olegario V. Andrade.

TODOS LOS EVENTOS SON CON ENTRADA LIBRE Y GRATUITA!!!!!!!!!


A ahoraaaaaaaaa el capítulo XII...



 

Amanecer XII


  
        Amanece un Alejo dormido en la alfombra. El saxo a su lado esperando que de una vez por todas abra sus ojos. Hoy es su día libre en el trabajo. Debe ir hasta la casa de Amelia, su madre. Por ahí le haga bien a ella y a él también. O tal vez será mejor que la llame por teléfono como ayer.
 Hoy ella atenderá, seguro que atenderá. Alejo se incorpora despacio, su cuerpo se sacude frente al espejo del living, darse una ducha y afeitarse es lo que más desea en este momento.
  El café negro recién preparado con su olor atrayente y el dulce de su trago, lo despierta por completo. Así, bien despierto y ya vestido, decide ir hasta el barrio donde corrió detrás de alguna pelota, hace tiempo atrás cuando era chico.
   Prefiere ir caminando con el frío de un sol creciendo en el cielo, que los apretujones  en ese colectivo pegoteado y torpe. Un chofer que nada sabe de sostenerse en pie haciendo equilibrio en un vehículo que despega como en una pista preparada, cada vez que sale de una parada o frena frente al rojo de un semáforo o sigue de largo, a pesar del color que le marca la prohibición de avanzar, avanza entre ruedas de autos más pequeños que él. Ese colectivo que se siente el dueño de la ciudad y corre y llega y alcanza. Y a veces mata. “Mata como los aviones”, piensa Alejo, “todos matan, me matan, nos matan, los matan”, sigue.
   Camina rápido, su cara fresca choca con un viento afilado, que le sacude la mirada y lo quiere asustar. Pero Alejo no se asusta. Él nunca se asusta, no tiene miedo. Ni siquiera a la locura de su madre le tiene temor, ni a la mala onda de su jefe, ni al imbancable del vecino y sus golpes en la pared o sus timbres cuando su saxo suena más de lo permitido. Reglas, permisos, equipajes, madres, locuras, nada y todo. Mundo.
   Toca el timbre en la casa de Clara, la mujer abre la puerta sin sorpresa, lo espera, como todos los martes. Ella es la que lo contuvo en su infancia. Infancia sin padre y con una madre a punto de enloquecer. Hoy de nuevo se repite la historia, pero en lugar de cuidarlo a él, Clara cuida a su madre. Toman mate con los bizcochitos salados que Alejo compró en la panadería de doña Tota, la panadería del barrio, la de siempre, la de las cosas ricas. Le entrega el dinero de todas las semanas, él sabe que no es suficiente, pero es lo que tiene hoy. Clara también sabe que necesita más para los gastos de Amelia, pero no dice nada, calla, como siempre calló. A pesar de sus años, de sus hijos, de sus nietos, de su vida de profesora jubilada, la mujer sigue pendiente de su vecina como lo fue siempre. Tal vez porque Alejo y Amelia supieron ganarse su corazón y su tiempo.

­_Está como siempre, en su mundo_ dice ella. Canta, sale a la vereda, me saluda y a veces te nombra. A tu padre también lo nombra.

_Sí, como siempre lo nombró desde el día en que él se murió_  contesta Alejo.

Es hora de atravesar la otra puerta, la de la realidad de Amelia, la de la verdad. Es triste su verdad, pero es suya y debe convivir con ella. Cómo escapar de la verdad de cada uno.
El gato con sus ojos vidriosos lo mira, parece esperarlo, como si supiera que hoy es martes. Ella lo mira a su hijo, cree reconocerlo, lo saluda, le hace un café con leche, le pregunta por su música. Hoy no está tan metida en sí misma, como si el golpe del día anterior hubiera activado sus neuronas otra vez, como cuando ella era joven. La Amelia de su niñez, la que lo acompañaba al colegio, la que le indicaba qué hacer, la que era su madre. Hoy lo sigue siendo, pero es distinto. Ella se olvida, lo olvida, no recuerda, se va, vuela, corre, escapa. Escapa a su verdad, Amelia huye de su verdad, huye siempre.
  Alejo le cuenta de su llamado del día anterior, ella mira a su hijo con asombro. No recuerda el teléfono sonando, no sabe de dónde apareció ese golpe en su frente, ni la mancha de sangre en su camisa.
  _El café está muy rico_ dice Alejo.
  _ ¿Y tu música? ¿Ya subiste a algún escenario?_ le dice con tono burlón largando una carcajada casi loca.
 _Hace frío acá_ dice el hijo.
 _Pongo la estufa en máximo, si querés.
_No, no importa, igual ya me voy. Estoy apurado, tengo que ir a trabajar_ miente, Alejo miente.
 Siente que ya cumplió con su cuota semanal, se le hace difícil respirar el aire de la casa.
  La mira otra vez, la registra, la observa. Ese corte en la frente, no se puede ir así, sin al menos preguntarle otra vez si recuerda algo. Le cuesta acercarse emocionalmente a su madre, pero hoy quiere intentarlo. La indaga, la interroga. Ella no puede olvidar todo, así de golpe… algo tiene que funcionar en su cerebro.
  Alejo le dice que ayer la llamó, le insiste, le suplica que intente recordar, que no se escape en el “no me acuerdo nada”. Le grita con vehemencia, ella tiene que reaccionar, dar alguna respuesta. La mujer lo mira, lo escucha, parece querer pensar. Piensa. Se asusta. Llora. Ríe. Se conmueve. No se enoja.
  El hijo se pierde en medio de la sumatoria de llantos y risas y desdichas. Tiene que convencerse de una vez por todas, lo que negó interiormente toda su vida, que su madre esté loca.
 Cómo le cuesta enfrentarse a esta verdad. La verdad de siempre, la que le tocó en suerte. La de su maldita o bendita vida, quién puede ponerle el mejor adjetivo a su vida.
  Lo abraza como una niña que necesita ser cuidada. Él la aprieta con fuerza, la contiene y se contiene como lo hacía cuando era pequeño. El frío se fue, no por el calor de una estufa encendida, sino por un calor de una madre y su hijo desamparados, que hoy de a poco y con pasos pequeños, pero firmes, intentan llegar a algún lado juntos, los dos. Al infinito o a la nada, el tema es llegar.
Pasan las horas. Cenan.
Cuando su madre está dormida, el muchacho agarra su mochila y se va tranquilo, con la promesa de volver en pocos días.
  El regreso también será a pie, prefiere ver el sol desde los pies sobre la tierra y no en el colectivo de un chofer apurado y mucha gente amontonada.
Amanece, otro día más…



AMALFI,GRACIELA.
 Amaneceres- 1a ed.-Ciudad Autónoma de Buenos Aires: el autor, 2012
88 p.; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-33-1798-9         
1. Narrativa Argentina. 2.  Novela. I. Título
    CDD A863


Fecha de Catalogación: 06/02/2012

Contacto con la autora:
belinda_2010@yahoo.com.ar
www.facebook.com/Boticaria Letras Desarmadas Amalfi

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723
ISBN 978-987-33-1798-9
Impreso en Argentina. Derechos reservados.
 

 


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