domingo, 11 de abril de 2010

Mi hermano mayor





Hoy a la tarde en la Academia del Lunfardo nos juntamos todos los que hacemos Creadores Argentinos. Este grupo cuenta con la Dirección del escritor Teodisio Luis Paz y la Subdirectora Patricia Quintero.


Tuve el placer de encontrarme con escritores que ya han publicado cuentos y/o poesías y de conocer a otros.


Como siempre el lugar se llena de la magia que rebalsa en letras, en libros llenos de afectos y en caricias al alma.


Comparto con ustedes un cuento publicado en la Antología de narrativa denominada "Cinco sentidos". Espero que la lectura del mismo les resulte placentera y un GRACIAS enorme por andar dando vueltas por el blog boticario.




Mi hermano mayor.


Me fui caminado despacio, silbando y con las manos en los bolsillos del pantalón, como me gustaba.
El se quedó ahí sentado en el banco de la plaza que un rato antes yo había elegido. Ni me miró cuando me iba.
Mi recorrido comenzó por la calle Juramento, entré en la heladería de la esquina. Pedí un enorme helado de chocolate. Me senté tranquilo. Lo saboreé todo con muchas ganas. Me sentía feliz. Libre. Solo.
Salí del lugar silbando una de mis canciones preferidas. Caminé por la avenida Cabildo. Entré en un ciber, me puse a jugar.

Mi hermano era diez años mayor que yo. Tenía una discapacidad mental incurable, según oí desde chico. No había terapia, ni rehabilitación para su mal. Su mal que mis padres lo derivaron en mí. Yo era el “normal”, debía cuidarlo, sacarlo a pasear, protegerlo.
Mi cruz se me hacía muy pesada. Es que mis padres no entendían que yo sólo tenía catorce años, que tenía derecho a las salidas con mis amigos, con alguna chica. No, no lo entendían.
Se estaba haciendo de noche. Mis bolsillos ya no tenían monedas ni el billete que me había dado la abuela Irene. Debía regresar a casa, pero no podría hacerlo sin él.
Decidí no volver. Empecé a pedir monedas a la gente que transitaba por el lugar. Algunos me daban, otros me miraban con desprecio.
Me acerqué a un hombre que estaba sentado en la vereda justo enfrente del complejo de cines. Le pregunté si podía pasar la noche ahí. Me contestó que sí. El hombre tiró unos diarios y una manta blanca sobre el piso y me dijo que durmiera arriba de ellos.
Cerré mis ojos como nunca para entrar rápido en mi sueño. No quería despertar.
Apenas podía imaginar lo que habría pasado con él. Lo que estarían pensando mis padres. Sólo me preocupaba la abuela .Ella era la única que reparaba en mí.
Esa noche soñé mucho y largo.
Esa noche en la calle no estuvo nada mal.
Esa noche marcó mi vida.
Esa noche, por primera vez, supe lo que significaba la culpa.
Graciela Amalfi.

3 comentarios:

  1. Felicitaciones Graciela. Es una historia profunda y cierta. Es verdad que muchos padres o lo que es peor, madres, le ceden la obligación, la responsabilidad de cuidar y atender a sus hermanos con capacidades diferentes, lo que realmente se transforma en un enorme peso para ellos y lo que es peor, si tratan de despegarse les produce culpa. Me encantó leerte. Un beso grande, amiga...
    Laly Zayas

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  2. Graciela, ya lo leí como tres veces, es hermoso, yo tengo la antología de narrativa por eso te lo digo
    Ahora te felicito por aquí, escribes hermoso amiga
    Nos seguiremos leyendo y gracias por tus visita a mis letras
    Un beso de luz a tu corazón amigo
    Monica

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